miércoles, 8 de abril de 2026

La ciencia bajo contrato.

 


La ciencia ya no camina: la llevan.

Avanza dentro de edificios de vidrio que reflejan el cielo, pero no lo dejan entrar. Ahí adentro no hay viento, ni polvo, ni campesinos, ni hambre: hay fórmulas, batas blancas y relojes que no marcan el tiempo, sino los plazos. Cada experimento tiene un costo. Cada hallazgo, un dueño.

Y afuera, el mundo sigue creyendo que la ciencia es una antorcha libre, cuando en realidad es una lámpara conectada a la corriente de los grandes capitales.

No siempre fue así —o al menos no tan evidente—. Hubo un tiempo en que el conocimiento parecía brotar de la curiosidad humana como el agua de un manantial. Hoy brota, sí, pero canalizado: entubado, medido, vendido por litro.

En los mercados ya no se venden alimentos: se venden versiones de ellos. Sombras comestibles. Panes que no conocen el trigo, bebidas que jamás vieron una fruta, sabores fabricados en laboratorios que imitan la memoria del campo. La lengua se acostumbra; el cuerpo resiste… hasta que deja de hacerlo. La Organización Mundial de la Salud advierte, en su lenguaje sobrio, lo que en las calles ya se siente: cuerpos más pesados, corazones más cansados, vidas más largas… y más enfermas.

Pero en los pasillos donde se redactan las reglas, el lenguaje cambia. Ahí no se habla de daño, sino de “riesgos aceptables”. No se dice presión, sino “diálogo”. Las corporaciones no golpean la puerta: tienen llave. Organismos como la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos lo documentan con la frialdad de los números, pero en la práctica se siente como otra cosa: como si las leyes se escribieran con tinta prestada.

Y luego está la vida misma, manipulada.

Semillas que ya no obedecen a la estación sino al contrato. Plantas diseñadas para resistir venenos que ellas mismas justifican. Laboratorios donde la doble hélice del ADN —ese antiguo poema de la naturaleza— es editada como si fuera un borrador. La Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos y la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria vigilan, certifican, sellan. Y, sin embargo, el ciudadano mira su plato como quien observa un paisaje alterado: reconoce las formas, pero sospecha del origen.

Porque la sospecha también se cultiva.

La naturaleza ofrece historias que parecen advertencias. Un hongo —invisible, paciente— puede tomar el cuerpo de un insecto y convertirlo en vehículo de su propia expansión. No es ficción. Es biología. Y basta saberlo para que la imaginación dé un paso más allá, hacia terrenos donde la evidencia se vuelve niebla.

Pero tal vez no hace falta tanto.

No hacen falta esporas ni criaturas ocultas para moldear a una población. Basta una pantalla. Basta un algoritmo afinado como un violín. Empresas como Meta Platforms o Google no necesitan alterar cuerpos: les basta con sugerir deseos. Y el deseo —ese viejo motor humano— hace el resto. Pero tal vez sí para aquellos que no caen en el deseo se requiera más y algo para ellos no basta lo quieren todo.

La influencia ya no se impone: se insinúa.

Y los gobiernos… los gobiernos parecen moverse como actores en una obra cuyo guion no escribieron del todo. A veces legislan para proteger; otras, para no incomodar. Entre ambos gestos, el equilibrio se rompe. La Transparencia Internacional habla de corrupción, de captura del Estado, de intereses cruzados. En la calle, se le llama de otra forma: abandono.

No hace falta imaginar una conspiración perfecta.

La realidad es más simple, y por eso más inquietante: la ciencia no ha dejado de avanzar, pero ha cambiado de brújula. Ya no sigue únicamente la curiosidad humana, sino la rentabilidad. Ya no pregunta “¿qué podemos descubrir?”, sino “¿qué podemos vender?”

Y en ese cambio —silencioso, gradual, casi elegante— ocurre algo decisivo:

no que alguien nos controle,

sino que el mundo se va acomodando, pieza por pieza, para que no haga falta hacerlo.