—
¡Hijo!
Llévame al hospital.
—
¿Que te pasa?, ¿que te sucede?, ¿te
sientes mal?
—Muy
mal, quiero zurrar y no me sale, ya hasta me siento débil de tanto
pujar. Tengo un tapón que no me permite ni sentarme; como si tuviera
un palo metido.
—Bien,
permíteme traer el auto para acompañarte.
—Me
voy contigo.
—Bueno
vamos.
Los dos se encaminaron rumbo al auto que estaba
solamente a unas cuadras del departamento donde vive Salma.
Salma es una viejita de 86 años madre de cinco: muy
sana; según el último médico que la auscultó; de altura media y
complexión delgada, con un poco de gordura acumulada por la edad,
pero de apariencia correosa y fuerte; con mirada profunda y retadora
pero que en su entrecejo deja ver el temor que le tiene a la muerte;
autosuficiente; con glaucoma, pero aún ve bastante bien; un poco
sorda, pero con sus aparatos oye a la perfección, mañosamente, sólo
lo que quiere; aprovechándose de su deficiencia; camina erguida,
aunque por la edad ligeramente encorvada del cuello, pero con pasos
firmes y seguros.
Bajaron con prontitud los escalones del departamento que
se encontraba en la planta alta, de un edificio del centro de la
ciudad. Una ligera lluvia, brevemente, hizo dudar a Salma de seguir
su propósito, el cual mantuvo al ver la mirada de su hijo Édel,
quien con seriedad le dijo, al ver que Salma dudaba:
—bueno, pues, ¿te sientes mal o
no?.
A lo que contestó:
—
¡sí! pero no quiero que me de una
pulmonía.
—
Espera te traeré el paraguas para
que no te mojes.
Regresó Édel hacia dentro por el paraguas y
continuaron rumbo al auto.
Una vez en el auto se inició la marcha para ir a uno de
los mejores hospitales de la ciudad. Cuando Salma lo supo, volvió a
dudar diciendo:
—pero
Édel, ¿no nos irán a cobrar mucho?.
—Ya
sabes que los médicos siempre se mandan, pero tú eres la que te
sientes mal, no yo, así es que decídete de una buena ves, ¿vamos o
nos regresamos?
¡No!, vamos, no vez que ni sentarme puedo, vengo
sufriendo ahorita mismo aquí encogida porque ni siquiera consigo
apoyarme en mi trasero.
Édel es el segundo de los hijos. Es un individuo de 59
años que está al pendiente de su madre desde que su padre murió;
no tan al pendiente, porque realmente ella vive sola, pero Édel
tiene su negocio en el mismo edificio donde vive Salma. Se la lleva a
comer a su casa y meriendan en la de ella. Édel tiene un carácter
difícil; según las personas con las que trata, sobre todo, con
aquellas que no lo conocen; porque no se sabe si está molesto o
jugando con las palabras. Su gesto es semejante al de Salma pero en
un hombre se nota más severo, por lo que muchos piensan que está
enojado; lo esté o no. El sabe esto y se aprovecha para sacar
ventaja cuando la ocasión lo amerita.
Salma y Édel siguen su marcha rumbo al hospital. Ya en
la zona de hospitales sufren un rato para conseguir lugar donde
estacionarse, no existen estacionamientos, ¡ahí! grita Salma al ver
un auto que sale del espacio, Édel se empareja y luego se estaciona.
Bajan del auto los dos: Édel acude al lado de la madre
y le ayuda a caminar al hospital, Salma empieza a dudar nuevamente
pero su molestia la obliga a callar; entran dirigiéndose al área de
consultas.
“Gastroenterólogo
Francisco Del Colón Torcido”. Es lo que dice el letrero que está
al lado de la puerta que se encuentra junto a un escritorio; donde
una bella niña como de 18 años nos interpela:
—
¿vienen con el gastroenterólogo?
—
¡no! Vengo con mi mamá, que desea
la atienda el gastroenterólogo porque se siente mal.
—
¡muy mal!, agrega Salma.
—pasen,
tienen suerte, el doctor no tiene ningún paciente en este momento.
—
¿cuanto cuesta la consulta?,
interrumpe Salma.
—
Ochocientos pesos— contesta la
chica —es especialista— afirma.
—
¡con razón no tienen pacientes! —Le
Dice Salma, entre dientes, a Édel. —En todo el mes no he vendido
eso en el Anticuario.
Caminan hacia la puerta, la cual abre la muchacha. Del
otro lado: un pequeño cuarto con la pared al frente llena de cuadros
con diplomas, al lado izquierdo una mesa de auscultación, una
báscula, un librero y un botiquín; también algunos adornos
alusivos a la profesión, en la pared de la puerta una gran foto de
un metro de largo de la generación del médico, en el escritorio al
lado derecho de la puerta una laptop, la manzanita mordida en la
tapa, encendida. Viendo la pantalla el médico, al parecer, observa
cuidadosamente un ultrasonido, que se refleja en la vitrina detrás
del escritorio, probablemente de alguno de sus pacientes.
—Buenas
tardes— dice, preguntando después — ¿quien es el enfermo?
Señala Édel a su madre y se sienta en una de las
sillas que se encuentran en la pared frente al escritorio. El médico
le señala la mesa de auscultación a la madre, pidiéndole que se
siente en ella. Procede a tomarle la presión, mientras salma le
dice:
—Yo
siempre tengo la presión normal, no creo que sea necesario
checármela.
El doctor como que no oye sigue con su rutina, le mete
un termómetro en la boca para evitar que siga hablando, pienso yo, o
probablemente para confirmar la temperatura del cuerpo:
—Bien… como de niña — dice,
el médico, después de ver la presión a la vez que coge el
termómetro y nuevamente habla:
—Nada, la temperatura normal. —
Se lleva un extremo de su estetoscopio a los oídos y con el otro
empieza a hurgar en la espalda de Salma. Mientras, ella, vuelve
hablar, ahora para decir:
—Bueno
doctor que me busca, ni siquiera le he dicho para qué vine.
—
Bien, dígame mientras la ausculto.
—Mire,
yo vine aquí porque no puedo cagar, además usted me sentó y me
está doliendo mi trasero por toda la mierda que ya se me apretujo en
el fondillo, vine para que me cure eso.
El médico termina con el estetoscopio y le dice:
—Acuéstese
para que esté más cómoda, voy a revisarla del abdomen.
Salma se acuesta, al momento le sale un pedo cuando el
doctor empieza a moverle la panza de un lado a otro, luego poniendo
la mano sobre el abdomen dándole golpecitos con la otra, Salma
vuelve hablar, mire doctor si hubiera querido una sobada me habría
ido con la bruja de Zumpango que lo hace mejor que usted y por cien
pesos, usted nada más me está sacando los pedos. Cálmese la estaba
revisando para evaluar su estado general. Ya acabé, la vamos a
internar para operarla, tiene usted un problema muy delicado y sólo
una intervención quirúrgica de emergencia la salva, de no hacerla…
amanecerá muerta. Le voy hablar a los enfermeros para que vengan a
prepararla para la cirugía, relájese y recuerde que no podría
estar en mejores manos.
Tómese estas pastillitas mientras vienen por usted y yo
me aseó para intervenirla. Afuera del consultorio está un garrafón
con agua para que se tome las pastillas, salgan, nos vemos después.
—Édel
preocupado, interroga al doctor, ¿pero qué tiene? ¿por qué la
rapidez? ¿qué no son necesarios los análisis?
—Tranquilice
a su mamita, usted no pregunte, su madre está en muy buenas manos ya
le dije, los análisis aquí mismo se los harán. Vaya a la recepción
para que la registren y firme usted unos documentos necesarios para
que podamos intervenirla, ¡apúrele! recuerde que esto es de
urgencia, cada minuto que pase sin operar es un minuto menos en la
vida de su madre y un paso hacia la muerte.
Blanco de preocupación, nervioso, sin poder hacer gran
cosa; además, desconfiando de la celeridad del médico para
intervenir a su madre se aproxima a ella para comentar el asunto.
Cuando llega a su lado, ella le dice: ¡que buen médico he! nomás
me dijo que me iba a operar y que se me revuelve el estomago, ya me
estoy cagando, búscame el baño porque sino voy a embarrar todo el
hospital; y quien sabe cuanto nos quieran cobrar por limpiarlo. Édel
le señala el acceso al escusado a unos pasos rumbo a la recepción,
Salma se dirige casi corriendo al escusado del hospital, ya mero le
gana, todavía se tuvo que entretener porque le cobran al entrar, ya
acomodada hace una cagada de antología, sale del baño y se dirige a
Édel preguntándole si ya pagó la consulta, él le contesta
afirmativamente y ambos salen del hospital con una sonrisa de oreja a
oreja, todavía en el último escalón Salma se hecha un pedo
prolongado y sonoro.