La dignidad, la cultura y esos otros artificios con que los pueblos suelen adornarse salen a relucir, curiosamente, cuando la necesidad aprieta o la ambición se presenta con sombrero ajeno.
Originariamente, los pueblos originarios.
Hubo un tiempo en que el hombre se vestía con lo que tenía a la mano y, acaso por eso, tenía también a la mano su propia historia.
El calzón y el cotón, confeccionados en casa con manta de algodón, no eran solamente prendas: eran la continuación del campo sobre el cuerpo. El algodón, domesticado en estas tierras mucho antes de que alguien pensara en llamarlo industria, emprendió después la conquista silenciosa del mundo.
México es uno de los grandes centros de origen y domesticación del algodón, particularmente de Gossypium hirsutum, el llamado algodón mexicano de tierras altas. Fue domesticado por agricultores prehistóricos en el territorio de la península de Yucatán hace miles de años. La ironía es perfecta: aquella planta humilde, cultivada por manos antiguas, terminó vistiendo a buena parte del planeta.
Luego estaba el sombrero de palma, ese lujo democrático del campesino: barato, fresco y hecho de sol. Se recolectaba la palma, se dejaba secar, se cortaba en tiras y se trenzaba pacientemente con las manos. Entre las muchas palmas mexicanas, la Brahea dulcis —soyate, palma dulce, palma de monte o palma de sombrero— encontró en la Sierra de Guerrero su destino de sombra.
El morral de ixtle, hecho de lechuguilla o maguey, era una pequeña fortaleza vegetal. Se raspaban las pencas hasta arrancarles la fibra y con ella se fabricaba un recipiente capaz de llevar comida, herramientas y, si era necesario, las esperanzas del día.
El ixtle no llegó en barco. Nació aquí, con la palabra, con la planta y con las manos que aprendieron a convertirla en resistencia, miles de años antes de que aparecieran los conquistadores y sus novedades.
Y estaban los huaraches: cuero para la suela y las correas, curtido con cortezas de árboles locales, como el cascalote. Nada sobraba. Cada material tenía una procedencia y cada procedencia tenía memoria.
Pero llegó el presente.
Ahora llevamos gorra de fibra sintética, camisa de fibra sintética, pantalón de fibra sintética, zapatos de materiales sintéticos y bolsa de materiales sintéticos. Todo perfectamente manufacturado, empacado y transportado desde algún lugar que rara vez conocemos.
Antes, para vestirnos, bastaba con la tierra, el maguey, la palma, el algodón, el cuero y unas manos.
Ahora necesitamos una tarjeta, una etiqueta y un mapa para averiguar de dónde viene nuestra ropa.
Hemos progresado.
Sólo falta saber hacia dónde.
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