viernes, 21 de agosto de 2026

La dignidad y la cultura.

 

La dignidad, la cultura y esos otros artificios con que los pueblos suelen adornarse salen a relucir, curiosamente, cuando la necesidad aprieta o la ambición se presenta con sombrero ajeno.

Originariamente, los pueblos originarios.

Hubo un tiempo en que el hombre se vestía con lo que tenía a la mano y, acaso por eso, tenía también a la mano su propia historia.

El calzón y el cotón, confeccionados en casa con manta de algodón, no eran solamente prendas: eran la continuación del campo sobre el cuerpo. El algodón, domesticado en estas tierras mucho antes de que alguien pensara en llamarlo industria, emprendió después la conquista silenciosa del mundo.

México es uno de los grandes centros de origen y domesticación del algodón, particularmente de Gossypium hirsutum, el llamado algodón mexicano de tierras altas. Fue domesticado por agricultores prehistóricos en el territorio de la península de Yucatán hace miles de años. La ironía es perfecta: aquella planta humilde, cultivada por manos antiguas, terminó vistiendo a buena parte del planeta.

Luego estaba el sombrero de palma, ese lujo democrático del campesino: barato, fresco y hecho de sol. Se recolectaba la palma, se dejaba secar, se cortaba en tiras y se trenzaba pacientemente con las manos. Entre las muchas palmas mexicanas, la Brahea dulcis —soyate, palma dulce, palma de monte o palma de sombrero— encontró en la Sierra de Guerrero su destino de sombra.

El morral de ixtle, hecho de lechuguilla o maguey, era una pequeña fortaleza vegetal. Se raspaban las pencas hasta arrancarles la fibra y con ella se fabricaba un recipiente capaz de llevar comida, herramientas y, si era necesario, las esperanzas del día.

El ixtle no llegó en barco. Nació aquí, con la palabra, con la planta y con las manos que aprendieron a convertirla en resistencia, miles de años antes de que aparecieran los conquistadores y sus novedades.

Y estaban los huaraches: cuero para la suela y las correas, curtido con cortezas de árboles locales, como el cascalote. Nada sobraba. Cada material tenía una procedencia y cada procedencia tenía memoria.

Pero llegó el presente.

Ahora llevamos gorra de fibra sintética, camisa de fibra sintética, pantalón de fibra sintética, zapatos de materiales sintéticos y bolsa de materiales sintéticos. Todo perfectamente manufacturado, empacado y transportado desde algún lugar que rara vez conocemos.

Antes, para vestirnos, bastaba con la tierra, el maguey, la palma, el algodón, el cuero y unas manos.

Ahora necesitamos una tarjeta, una etiqueta y un mapa para averiguar de dónde viene nuestra ropa.

Hemos progresado.

Sólo falta saber hacia dónde.

 

viernes, 14 de agosto de 2026

La solución.

 

 


 

Casi siempre que se entrevista a un personaje importante sobre los grandes problemas del mundo, llega un momento en que el entrevistador, después de hablar de guerras, pobreza, corrupción, calentamiento global y otras desgracias de tamaño considerable, hace la pregunta inevitable:

—¿Y cuál es la solución?

El personaje importante suele hacer una pausa. A veces mira hacia arriba, como si la respuesta estuviera escrita en el techo. Otras veces frunce el entrecejo, que es una manera bastante eficaz de parecer que uno está pensando. Finalmente dice:

—La educación.

Y todos quedan satisfechos.

La respuesta tiene la ventaja de que sirve para casi todo. Si hay delincuencia, educación. Si hay pobreza, educación. Si los políticos roban, educación. Si la gente tira basura en la calle, educación. Si alguien estaciona el automóvil frente a una entrada y además se enoja cuando le piden que lo quite, también educación.

Yo, sin embargo, me quedo meditabundo.

Porque si la educación depende del conocimiento, y el conocimiento es tan importante para resolver los problemas del mundo, no alcanzo a comprender por qué todo lo relacionado con aprender y ser educado cuesta dinero, y a veces cuesta bastante.

La escuela cuesta. Los libros cuestan. Las computadoras cuestan. Los cursos cuestan. Las universidades cuestan. Hasta aprender un idioma cuesta. Uno podría pensar que, siendo la educación la gran solución de la humanidad, debería ser tratada como una especie de vacuna universal: algo que conviene aplicar a todo el mundo y de preferencia gratis.

Pero no.

La educación es una de esas cosas que los gobiernos consideran indispensable, siempre y cuando no resulte demasiado cara. Y las familias la consideran indispensable, siempre y cuando puedan pagarla. De modo que la gran solución para los problemas del mundo termina siendo, con frecuencia, un problema más que hay que resolver.

Esto me hace sospechar que quizá la respuesta de aquellos personajes importantes no está completa.

Tal vez la pregunta correcta no sea solamente: “¿Cuál es la solución?”, sino también: “¿Y quién va a pagar por ella?”

Porque si para arreglar el mundo primero hay que educarlo, convendría empezar por averiguar cuánto cuesta.

¿por qué no hacemos todo lo necesario para que nadie se quede sin ella?