México, ya libre de la tutela española, nació como suelen nacer las criaturas de parto difícil: entre gritos, sangre y desorden. La guerra de Independencia, que nos dio patria pero no sosiego, dejó en los campos y caminos alrededor de seiscientas mil vidas, cifra respetable si se considera que el país apenas aprendía a llamarse nación. No bien se hubo apagado el humo de los cañones cuando surgió la inconformidad, ese deporte nacional que jamás ha pasado de moda, y con ella nuevas contiendas, pronunciamientos y guerras civiles.
Las llamadas Guerras de Reforma, que pretendían enderezar la República como quien acomoda un mueble cojo, costaron entre cien y doscientas mil muertes, sin que el mueble quedara del todo firme. El siglo XIX se fue así, entre ideales elevados y realidades torcidas, dejando pendiente la tarea elemental de hacer funcionar el país.
Entrado el siglo XX, cuando ya se suponía que la experiencia algo había enseñado, estalló la Revolución Mexicana, empresa tan romántica como devastadora, que cobró cerca de un millón de vidas. Se cambió el discurso, se cambiaron los hombres, se cambiaron los uniformes, pero el funcionamiento siguió siendo asunto aplazado. Para los creyentes —que también eran pueblo— el arreglo no llegó, y así surgió la Guerra Cristera, menos épica en los libros pero igual de sangrienta, con aproximadamente noventa mil muertos, entre combatientes y civiles.
Y aun así, el país no terminó de andar.
Ya hacia finales del siglo pasado se apostó por un sistema llamado “democrático”, con la esperanza de que las urnas lograran lo que las balas no habían conseguido. El resultado fue la llegada al poder de un gobernante feroz en sus decisiones, bajo cuyo mandato se desató una guerra interna que, sin declararse formalmente, dejó más de trescientas cincuenta mil víctimas entre muertos y desaparecidos. Fue una guerra sin partes oficiales, pero con cadáveres muy reales.
Luego llegó un hombre que se dijo inocente de la violencia y portador de un plan solemne, la Cuarta Transformación, prometiendo —y cumpliendo al menos en eso— no mover la maquinaria nacional a base de pólvora, sino de discursos y paciencia. Hoy, con su sucesora, se dice que ni con él ni con ella termina de funcionar el mecanismo.
Pero, visto con la serenidad que da la historia, hay que conceder algo: por primera vez no fue necesaria una guerra para intentarlo. Y en un país donde casi todo ha querido resolverse a balazos, eso ya es, cuando menos, una rareza digna de mención



