jueves, 15 de octubre de 2026

¿Y si ya morí y no me he dado cuenta?

 

Tengo 76 años vividos, pero dudo que quien nació como yo sea el yo de hoy. Durante esos 76 años ha habido acontecimientos que tal vez ocasionaron mi muerte, para después volver a la vida en otra dimensión.

Continuaré narrando estos acontecimientos considerando la hipótesis de la inmortalidad cuántica, relacionada con la interpretación de los muchos mundos de Everett. Tal vez, en alguna de esas realidades, morí; mientras que, en otra, que es la que ahora experimento, continué viviendo sin advertir el cambio..

Durante el parto llegué con el cordón umbilical enrollado en el cuello y, gracias a una decisión peligrosa, el médico cortó el cordón y después, como pudo, me resucitó, cuando ya estaba morado por la falta de oxígeno.

Una escapada de la casa para quedar con mi amigo mayor:

—Saca la bicicleta, necesito hacer un mandado.

Voy por ella y él ya la carga hasta la puerta de la vecindad. Yo andaría por los seis años. Así que me senté en el cuadro, como patrón, y mi amigo se puso a pedalear rumbo al mandado.

Ya de regreso, veníamos bajando a todo lo que daba por la avenida, con preferencia, desde luego, cuando, al llegar a un crucero, salió un taxi y se produjo el accidente. Por suerte, nosotros lo chocamos; digo, si hubiera sido él quien nos hubiera chocado, estaríamos enterrados en el panteón o tal vez habríamos pasado a otra dimensión.

Yo terminé en la casa, donde me curaban el corte que me hice en la barba, mientras mi amigo quedó espantado y con lesiones en la suya. Él ya murió o tal vez se encuentre ahora en otra dimensión.

Por ahí de mis dieciocho años, en uno de esos juegos de adolescentes, acordamos tirarnos un clavado desde el tinaco situado sobre un edificio de dos pisos, a unos siete metros de altura, hacia una alberca que se encontraba a más de dos metros de distancia horizontal del lugar del salto.

Mis dos compas saltaron a la alberca de pie y ¡plash!, cayeron al agua. Yo, por el contrario, me dejé caer de cabeza, en clavado, sin saltar. Al ir llegando a la alberca, noté que me estrellaría contra la esquina. Antes de llegar al agua, me moví como queriendo volar hacia ella. Sentí como mi abdomen rosaba la pared de la piscina y la fría agua mojarme como una bendición. Tiempo después, otro joven intentó hacer lo mismo, pero no tuvo la misma suerte.

Me casé y, de regreso de un viaje de vacaciones con mi esposa, nos acompañaba mi suegra, veníamos de la Ciudad de México rumbo a Chilpancingo en un automóvil compacto, de esos japoneses que invadieron el mercado mexicano.

Era un lindo día y yo estaba feliz por el viaje, por venir con el amor de mi vida. A unos pocos kilómetros de Sabana Grande comenzó una leve llovizna que apenas mojó el pavimento. Pasamos por una curva sencilla cuando sentí que el vehículo se iba hacia fuera de la carretera y el volante no me respondía. Por falta de pericia, el automóvil derrapó y yo moví el volante en sentido contrario, lo que provocó que diera un trompo y nos dejara atravesados en la carretera.

Un milagro, diría un religioso, que en una carretera tan concurrida no viniera ningún vehículo en sentido contrario ni por detrás que nos hubiera golpeado. Peor aún, pudo haber sido uno de tantos autobuses, tráileres o camiones de carga que circulan por esa vía.

Tal vez sí sucedió y nosotros aparecimos en otra dimensión, camino a casa. Sin novedad.

Se puede decir que eso sucedió en el primer tercio de mi vida y ya ando en el último.

Ya había pasado de los treinta años y, mientras realizaba alguna de las múltiples tareas que exige mi negocio, comenzó a escurrirme sanguaza de la nariz. Horas después apareció un dolor intenso en la frente y los pómulos, seguido de fiebre. El médico diagnosticó sinusitis aguda, con posibilidades de que afectara las meninges.

Todo se resolvió bien con antibióticos de primera generación, aunque no sin antes pasar por un dolor de oído que no me dejó dormir.

Tal vez morí de meningitis y desperté en otra dimensión, sin molestias.

Hacer ejercicio promete una vida prolongada y sana, así que todas las mañanas salía a trotar. Recorría una ruta de unos ocho kilómetros dentro de la ciudad. De regreso, tuve que bajar de la banqueta unos veinte metros porque estaba bloqueada con escombros.

A los diez metros sentí un golpe fuerte sobre mi hombro izquierdo y escuché el ruido de unos vidrios. Una ambulancia del IMSS me había golpeado con su espejo lateral. Bueno, no fue el espejo, sino el chofer, quien me dijo que lo hizo porque yo iba por la calle. Obvio, eso da derecho a matar.

Tal vez así fue: quedé tirado sobre el concreto, con el cráneo partido, y ahora vivo en otra dimensión, donde veo el suceso de otra manera.

Ya estábamos en vísperas del nuevo milenio cuando regresaba en mi automóvil de un torneo de futbol en Acapulco. Todos contentos, el auto lleno, pero también todos cansados por el último partido.

Circulaba a 120 km/h por la nueva Autopista del Sol. Entre el cansancio y el tedio de la carretera, todos se fueron quedando dormidos. Llegó un momento en que a mí, que iba manejando, también me alcanzó Morfeo. En eso estaba cuando un claxon me despertó de súbito. Me di cuenta de que manejaba y de que todavía seguía en la autopista.

Fue un héroe quien me tocó el claxon para despertarme. Tal vez yo ya comenzaba a hacer eses cuando me alcanzó. Nos habríamos matado si no lo hubiera hecho; de ahí que lo llame héroe.

Tal vez morimos y ahora estoy en otra dimensión, platicando que me salvé.

El 21 de diciembre de 2012 hubo algún malicioso que, utilizando una cultura ancestral inteligente y con una cosmovisión interesante, tomó parte de su legado, un calendario maya, para engañar a muchos, casi hasta provocar el escándalo, con la afirmación de que en esa fecha precisa el mundo llegaría a su fin para iniciar uno nuevo.

Los estudiosos de la cultura maya sabían que no era eso precisamente lo que decía el calendario, pero así es la población: en su mayoría, la fantasía encaja mejor en su imaginario que la verdad científica.

Ya estamos en 2026, vivos; o tal vez el mentiroso tenía un conocimiento que los cultos desconocían, y morimos todos. Ahora viajamos en el tiempo, en dimensiones diferentes.

El 28 de febrero de 2020 comenzó la pandemia de COVID-19 en México. Aunque, en lo personal, nunca me invadió el miedo, y mucho menos el terror, sí noté cómo los noticieros exageraban las noticias y cómo, a mi alrededor, todos los que morían lo hacían a causa del mal de moda.

Incluso yo me enfermé de algo que presentaba algunos de los síntomas de aquella temible peste. Y no pecaré de mentiroso: en el penúltimo día del mal sí entré en depresión. Pero salí librado de todo.

La cuestión es que tal vez morí, al igual que muchos. Bueno, todos los días mueren muchos; pero aquí, en otra dimensión, seguimos recorriendo la línea del tiempo.

 

Caminar es una de las prácticas más hermosas que existen y, además, una de las más saludables. A mí me fascina hacerlo y lo mejor es que estoy en plena capacidad para ello. Bueno, eso digo yo; tal vez no sea así.

En una ocasión, mi cuerpo ya me dio una advertencia. Resulta que íbamos Marco, Feliciano y su servidor rumbo a una montaña nueva que no habíamos subido. Feliciano se adelantó, pues ya sabía hacia dónde ir, y yo, algo retrasado, vi que se fue por el camino largo.

Queriendo llegar primero a la cumbre de la primera loma, tomé otro camino, más empinado, y subí de corrido. A unos pocos metros de mi destino ya sentía ganas de detenerme para recuperarme, pero pudo más la necedad de competir. Ya ven cómo está el mundo por aquello de que «la competencia es sana».

Estábamos a más de 2,000 metros de altura y la temperatura rondaba los 40 grados. Seguí sin parar y, sí, llegué primero.

En la loma hay un horno de maguey. Estos tienen forma de cráter volcánico. En una orilla me recosté, poniendo la cabeza hacia fuera para recuperarme del ascenso.

No sé cuánto tiempo pasó cuando sentí que Marco me hablaba y que yo arrojaba agua por la boca. La explicación es que me quedé dormido y, en esa condición, vomité y estuve a punto de ahogarme con el vómito.

Gracias a Marco y a Feliciano, que lo ayudó a levantarme, no me asfixié, aunque pasé el resto del día tosiendo y expulsando líquido de los pulmones, o tal vez nada más de los bronquios.

Ahora lo escribo así, desde esta dimensión, pero tal vez lo que sucedió fue como lo estoy narrando en una novela.

Lo dije en una anécdota anterior: el ejercicio mejora la calidad de vida. Así que yo salgo los domingos a dar una buena caminata por el campo con mis amigos, los Caminantes del Maguey.

En la ocasión que corresponde a esta anécdota fuimos a un lugar llamado Pozo Hondo. Se sube una buena distancia y, como dicen las leyes de la física clásica, todo lo que sube baja.

Ya de regreso, después de llegar a nuestro destino, bajábamos la cuesta. No sé a ciencia cierta cómo sucedió, pero caí hacia la orilla del camino, de cabeza, ya que mis brazos se atoraron en las ramas y no pude utilizarlos para evitar el golpe.

Al parecer, el golpe lo recibí en los anteojos, principalmente del lado derecho. No puedo dudarlo, ya que el lente se fracturó y sus pedazos me rasgaron la piel, con el sangrado obligado.

Los compañeros corrieron a ayudarme, aunque más bien se apresuraron a hacer bromas, pues el percance no pasó a mayores.

Yo lo sentí mucho, no tanto por el golpe, sino porque los anteojos eran nuevos.

Y tal vez, en esa dimensión, mis amigos tuvieron que subir a realizar los trámites correspondientes por mi cadáver.

Ya miro mi tumba con el epitafio que sugirió Omar: Edgar en su vida era maravilloso, pero de bajada se caía.

Al llegar a la última edad de la vida, parece que uno cambia de dimensión con más frecuencia. Tal vez sí exista alguna en la que ya no podamos cambiarnos; o tal vez lleguemos a la primera para repetir la aventura.

jueves, 8 de octubre de 2026

El sándwich asesino.

 

El día 7 de octubre pasado, a las 14 horas, caminaba de mi negocio a mi casa por la avenida I. Ramírez. En una mano llevaba mi celular y en la otra un paraguas, ya que caía una pequeña llovizna.

Lo hacía algo distraído, ya que las banquetas de este pueblo grande no dan mucho espacio para andar con paraguas, y menos para andar con el enorme que llevaba yo. Pues así, culebreando entre las personas que circulaban en sentido contrario por la misma banqueta, principalmente escolares con su familiar temeroso que va a recogerlos, confiado de que, bien acompañado, no les sucederá ningún inconveniente.

En Chilpancingo es común que la población camine comiendo y, más común todavía, que tire todo lo que le estorba en la vía pública. Yo ya estaba advertido de esto, pero, como decía, el paraguas y los andantes me distraían.

Caminando llegué al entronque de la avenida con el andador San Miguel. Este andador es una algarabía a esa hora, así que el paraguas para un lado, luego para el otro, y yo caminando para atravesar el tramo.

En eso doy un paso con el pie derecho y siento que me lo jalan hacia ese lado. Caigo sobre lo poco que me queda de nalga, golpeando el pavimento y quedando como bailarina de ballet; no así de buenota, pero sí en una posición similar: la pierna izquierda hacia atrás y la derecha extendida hacia ese lado.

Ya en el suelo, sorprendido más que adolorido, me quedé mirando al culpable de mi caída.

¡No, camarada, no fueron los de la Cuarta!

Fue el hijo de la señora mal educada que lo parió, quien dejó o tiró un sándwich a medio comer justo a mi paso, como diciendo(Eso, sí es de la oposición):

– Con esto me deshago de un pensionado o, al menos, logro que se gaste lo que le queda en un hospital neoliberal. De esos que cobran una torunda de algodón en cien pesos.

Pero la verdad, les falló.

Mi nalga aún proporcionó el acolchonamiento suficiente para que la cabeza de mi fémur sobreviviera. Por otra parte, aunque no soy muy elástico, el haber sido deportista toda mi vida hace que, a los 76 años, todavía pueda soportar esos alargones musculares.

No se preocupen, estoy en mejores condiciones que antes de visitar el suelo. Preocúpense de esa bazofia de población que tira, sin comprensión alguna, sus desechos en cualquier parte del lugar.

Aquí sí, con el permiso de las autoridades que deberían evitarlo. Pero, obvio, ellas están en la mafia de la medicina y les conviene que haya lesionados.

Gracias a las señoras que se preocuparon y acudieron a levantarme, que no fue necesario porque les dije que estaba bien y que solo me levantaría, que fue como lo hice.

Gracias por su atención.

viernes, 21 de agosto de 2026

La dignidad y la cultura.

 

La dignidad, la cultura y esos otros artificios con que los pueblos suelen adornarse salen a relucir, curiosamente, cuando la necesidad aprieta o la ambición se presenta con sombrero ajeno.

Originariamente, los pueblos originarios.

Hubo un tiempo en que el hombre se vestía con lo que tenía a la mano y, acaso por eso, tenía también a la mano su propia historia.

El calzón y el cotón, confeccionados en casa con manta de algodón, no eran solamente prendas: eran la continuación del campo sobre el cuerpo. El algodón, domesticado en estas tierras mucho antes de que alguien pensara en llamarlo industria, emprendió después la conquista silenciosa del mundo.

México es uno de los grandes centros de origen y domesticación del algodón, particularmente de Gossypium hirsutum, el llamado algodón mexicano de tierras altas. Fue domesticado por agricultores prehistóricos en el territorio de la península de Yucatán hace miles de años. La ironía es perfecta: aquella planta humilde, cultivada por manos antiguas, terminó vistiendo a buena parte del planeta.

Luego estaba el sombrero de palma, ese lujo democrático del campesino: barato, fresco y hecho de sol. Se recolectaba la palma, se dejaba secar, se cortaba en tiras y se trenzaba pacientemente con las manos. Entre las muchas palmas mexicanas, la Brahea dulcis —soyate, palma dulce, palma de monte o palma de sombrero— encontró en la Sierra de Guerrero su destino de sombra.

El morral de ixtle, hecho de lechuguilla o maguey, era una pequeña fortaleza vegetal. Se raspaban las pencas hasta arrancarles la fibra y con ella se fabricaba un recipiente capaz de llevar comida, herramientas y, si era necesario, las esperanzas del día.

El ixtle no llegó en barco. Nació aquí, con la palabra, con la planta y con las manos que aprendieron a convertirla en resistencia, miles de años antes de que aparecieran los conquistadores y sus novedades.

Y estaban los huaraches: cuero para la suela y las correas, curtido con cortezas de árboles locales, como el cascalote. Nada sobraba. Cada material tenía una procedencia y cada procedencia tenía memoria.

Pero llegó el presente.

Ahora llevamos gorra de fibra sintética, camisa de fibra sintética, pantalón de fibra sintética, zapatos de materiales sintéticos y bolsa de materiales sintéticos. Todo perfectamente manufacturado, empacado y transportado desde algún lugar que rara vez conocemos.

Antes, para vestirnos, bastaba con la tierra, el maguey, la palma, el algodón, el cuero y unas manos.

Ahora necesitamos una tarjeta, una etiqueta y un mapa para averiguar de dónde viene nuestra ropa.

Hemos progresado.

Sólo falta saber hacia dónde.

 

viernes, 14 de agosto de 2026

La solución.

 

 


 

Casi siempre que se entrevista a un personaje importante sobre los grandes problemas del mundo, llega un momento en que el entrevistador, después de hablar de guerras, pobreza, corrupción, calentamiento global y otras desgracias de tamaño considerable, hace la pregunta inevitable:

—¿Y cuál es la solución?

El personaje importante suele hacer una pausa. A veces mira hacia arriba, como si la respuesta estuviera escrita en el techo. Otras veces frunce el entrecejo, que es una manera bastante eficaz de parecer que uno está pensando. Finalmente dice:

—La educación.

Y todos quedan satisfechos.

La respuesta tiene la ventaja de que sirve para casi todo. Si hay delincuencia, educación. Si hay pobreza, educación. Si los políticos roban, educación. Si la gente tira basura en la calle, educación. Si alguien estaciona el automóvil frente a una entrada y además se enoja cuando le piden que lo quite, también educación.

Yo, sin embargo, me quedo meditabundo.

Porque si la educación depende del conocimiento, y el conocimiento es tan importante para resolver los problemas del mundo, no alcanzo a comprender por qué todo lo relacionado con aprender y ser educado cuesta dinero, y a veces cuesta bastante.

La escuela cuesta. Los libros cuestan. Las computadoras cuestan. Los cursos cuestan. Las universidades cuestan. Hasta aprender un idioma cuesta. Uno podría pensar que, siendo la educación la gran solución de la humanidad, debería ser tratada como una especie de vacuna universal: algo que conviene aplicar a todo el mundo y de preferencia gratis.

Pero no.

La educación es una de esas cosas que los gobiernos consideran indispensable, siempre y cuando no resulte demasiado cara. Y las familias la consideran indispensable, siempre y cuando puedan pagarla. De modo que la gran solución para los problemas del mundo termina siendo, con frecuencia, un problema más que hay que resolver.

Esto me hace sospechar que quizá la respuesta de aquellos personajes importantes no está completa.

Tal vez la pregunta correcta no sea solamente: “¿Cuál es la solución?”, sino también: “¿Y quién va a pagar por ella?”

Porque si para arreglar el mundo primero hay que educarlo, convendría empezar por averiguar cuánto cuesta.

¿por qué no hacemos todo lo necesario para que nadie se quede sin ella?