La ciencia ya no camina: la llevan.
Avanza dentro de edificios de vidrio
que reflejan el cielo, pero no lo dejan entrar. Ahí adentro no hay viento, ni
polvo, ni campesinos, ni hambre: hay fórmulas, batas blancas y relojes que no
marcan el tiempo, sino los plazos. Cada experimento tiene un costo. Cada
hallazgo, un dueño.
Y afuera, el mundo sigue creyendo que
la ciencia es una antorcha libre, cuando en realidad es una lámpara conectada a
la corriente de los grandes capitales.
No siempre fue así —o al menos no tan
evidente—. Hubo un tiempo en que el conocimiento parecía brotar de la
curiosidad humana como el agua de un manantial. Hoy brota, sí, pero canalizado:
entubado, medido, vendido por litro.
En los mercados ya no se venden
alimentos: se venden versiones de ellos. Sombras comestibles. Panes que no
conocen el trigo, bebidas que jamás vieron una fruta, sabores fabricados en
laboratorios que imitan la memoria del campo. La lengua se acostumbra; el
cuerpo resiste… hasta que deja de hacerlo. La Organización
Mundial de la Salud advierte, en su lenguaje sobrio, lo que en las
calles ya se siente: cuerpos más pesados, corazones más cansados, vidas más
largas… y más enfermas.
Pero en los pasillos donde se
redactan las reglas, el lenguaje cambia. Ahí no se habla de daño, sino de
“riesgos aceptables”. No se dice presión, sino “diálogo”. Las corporaciones no
golpean la puerta: tienen llave. Organismos como la Organización para la Cooperación y el Desarrollo
Económicos lo documentan con la frialdad de los números, pero en la
práctica se siente como otra cosa: como si las leyes se escribieran con tinta
prestada.
Y luego está la vida misma,
manipulada.
Semillas que ya no obedecen a la
estación sino al contrato. Plantas diseñadas para resistir venenos que ellas
mismas justifican. Laboratorios donde la doble hélice del ADN —ese antiguo
poema de la naturaleza— es editada como si fuera un borrador. La Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados
Unidos y la Autoridad Europea de Seguridad
Alimentaria vigilan, certifican, sellan. Y, sin embargo, el ciudadano
mira su plato como quien observa un paisaje alterado: reconoce las formas, pero
sospecha del origen.
Porque la sospecha también se
cultiva.
La naturaleza ofrece historias que
parecen advertencias. Un hongo —invisible, paciente— puede tomar el cuerpo de
un insecto y convertirlo en vehículo de su propia expansión. No es ficción. Es
biología. Y basta saberlo para que la imaginación dé un paso más allá, hacia
terrenos donde la evidencia se vuelve niebla.
Pero tal vez no hace falta tanto.
No hacen falta esporas ni criaturas
ocultas para moldear a una población. Basta una pantalla. Basta un algoritmo
afinado como un violín. Empresas como Meta
Platforms o Google no necesitan
alterar cuerpos: les basta con sugerir deseos. Y el deseo —ese viejo motor
humano— hace el resto. Pero tal vez sí para aquellos que no caen en el deseo se
requiera más y algo para ellos no basta lo quieren todo.
La influencia ya no se impone: se
insinúa.
Y los gobiernos… los gobiernos
parecen moverse como actores en una obra cuyo guion no escribieron del todo. A
veces legislan para proteger; otras, para no incomodar. Entre ambos gestos, el
equilibrio se rompe. La Transparencia
Internacional habla de corrupción, de captura del Estado, de intereses
cruzados. En la calle, se le llama de otra forma: abandono.
No hace falta imaginar una
conspiración perfecta.
La realidad es más simple, y por eso
más inquietante: la ciencia no ha dejado de avanzar, pero ha cambiado de
brújula. Ya no sigue únicamente la curiosidad humana, sino la rentabilidad. Ya
no pregunta “¿qué podemos descubrir?”, sino “¿qué podemos vender?”
Y en ese cambio —silencioso, gradual,
casi elegante— ocurre algo decisivo:
no que alguien nos controle,
sino que el mundo se va acomodando, pieza por pieza, para que
no haga falta hacerlo.