Quienes gobiernan el mundo viven instalados en una profunda contradicción, sostenida —muchas veces en silencio— por la mayoría de los seres humanos que terminan padeciendo sus consecuencias.
Por un lado, proclaman su preocupación por la humanidad. Crean organismos dedicados a la salud, anuncian campañas para erradicar enfermedades, impulsan investigaciones para producir medicinas y prometen mejorar los cultivos con nuevas tecnologías para que nadie muera de hambre. Sus discursos hablan de progreso, de cuidado y de un futuro compartido.
Pero la realidad que vivimos cuenta otra historia. Esos mismos poderes envían a sus propios hijos —y a los hijos de otros— a morir en guerras que no resuelven nada, salvo los intereses de unos cuantos. Las industrias que dicen mejorar la vida contaminan la tierra, el aire y el agua, y convierten el progreso en una forma lenta y sofisticada de muerte.
Así, el mundo se consume bajo el dominio de una especie que ha perdido el juicio moral: una especie que llama desarrollo a la destrucción de su propio hogar, que extermina formas de vida que durante siglos alimentaron y curaron a sus pueblos, y que olvida que no puede haber justicia, ni paz, ni futuro, mientras el bienestar de unos se construya sobre la ruina de todos.



