viernes, 14 de agosto de 2026

La solución.

 

 


 

Casi siempre que se entrevista a un personaje importante sobre los grandes problemas del mundo, llega un momento en que el entrevistador, después de hablar de guerras, pobreza, corrupción, calentamiento global y otras desgracias de tamaño considerable, hace la pregunta inevitable:

—¿Y cuál es la solución?

El personaje importante suele hacer una pausa. A veces mira hacia arriba, como si la respuesta estuviera escrita en el techo. Otras veces frunce el entrecejo, que es una manera bastante eficaz de parecer que uno está pensando. Finalmente dice:

—La educación.

Y todos quedan satisfechos.

La respuesta tiene la ventaja de que sirve para casi todo. Si hay delincuencia, educación. Si hay pobreza, educación. Si los políticos roban, educación. Si la gente tira basura en la calle, educación. Si alguien estaciona el automóvil frente a una entrada y además se enoja cuando le piden que lo quite, también educación.

Yo, sin embargo, me quedo meditabundo.

Porque si la educación depende del conocimiento, y el conocimiento es tan importante para resolver los problemas del mundo, no alcanzo a comprender por qué todo lo relacionado con aprender y ser educado cuesta dinero, y a veces cuesta bastante.

La escuela cuesta. Los libros cuestan. Las computadoras cuestan. Los cursos cuestan. Las universidades cuestan. Hasta aprender un idioma cuesta. Uno podría pensar que, siendo la educación la gran solución de la humanidad, debería ser tratada como una especie de vacuna universal: algo que conviene aplicar a todo el mundo y de preferencia gratis.

Pero no.

La educación es una de esas cosas que los gobiernos consideran indispensable, siempre y cuando no resulte demasiado cara. Y las familias la consideran indispensable, siempre y cuando puedan pagarla. De modo que la gran solución para los problemas del mundo termina siendo, con frecuencia, un problema más que hay que resolver.

Esto me hace sospechar que quizá la respuesta de aquellos personajes importantes no está completa.

Tal vez la pregunta correcta no sea solamente: “¿Cuál es la solución?”, sino también: “¿Y quién va a pagar por ella?”

Porque si para arreglar el mundo primero hay que educarlo, convendría empezar por averiguar cuánto cuesta.

¿por qué no hacemos todo lo necesario para que nadie se quede sin ella?

jueves, 23 de julio de 2026

Tratado sobre la desaparición de novecientos pesos.

 


El 2 de abril de 2026 emprendí un viaje de apenas una cuadra. Parecía una empresa modesta: retirar novecientos pesos del cajero automático del Banco Caja Popular. A esas alturas de la vida uno aprende a desconfiar de las grandes aventuras; las pequeñas suelen ser mucho más peligrosas.

 


 

Había elegido aquel cajero por dos virtudes poco frecuentes. La primera era su cercanía: casi podía considerarlo un vecino. La segunda, que cobraba una comisión de 20.88 pesos, cantidad menor que la de otros cajeros. Desde que comenzaron a depositarme la pensión del Bienestar, durante el gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador, acudía regularmente a ese lugar para disponer de mi dinero.

Siempre me pareció justa esa pensión. Durante décadas pagué impuestos con puntualidad y nunca entendí por qué quienes contribuimos durante toda una vida no habríamos de recibir algo cuando la vejez finalmente nos alcanza. Que el beneficio se extendiera a todos los adultos mayores me pareció, más que un regalo, una modesta restitución.

Aquella mañana iba a retirar novecientos pesos destinados al viaje de mi esposa a la Ciudad de México. Debía acudir a una consulta previa a la operación de cataratas que habría de devolverle la claridad de la vista.

El cajero inició su ceremonia habitual. Zumbó con entusiasmo, procesó la operación, pareció contar los billetes y, después de una larga pausa, me devolvió la tarjeta.

Los novecientos pesos decidieron permanecer dentro de la máquina.

No era un error cualquiera. Era un dinero que ya tenía destino y urgencia.

Al día siguiente acudí a la sucursal del banco para presentar mi reclamación. Descubrí entonces una curiosidad administrativa: un banco sin gerente. En la oficina correspondiente encontré a una eficiente promotora de préstamos, dedicada a convencer a los clientes de que siempre es buena idea deber un poco más.

Después de recorrer varios escritorios y recibir respuestas que consistían, esencialmente, en señalar el escritorio siguiente, una empleada me condujo con quien, según ella, podría orientarme.

La explicación fue impecable.

El banco no era responsable de su propio cajero.

Los responsables eran quienes transportaban los valores.

Y para recuperar mi dinero debía presentar la reclamación... en el Banco del Bienestar.

Obedecí.

Llamé por teléfono. Una empleada me atendió con verdadera cortesía. Tomó mi reporte, me explicó que era indispensable esperar setenta y dos horas, porque así lo establecía el procedimiento, me proporcionó un número de folio y me indicó acudir a una sucursal del Banco del Bienestar con la documentación correspondiente.

Fui.

Naturalmente, faltaban copias.

Regresé al día siguiente.

Naturalmente, había cerca de cuarenta personas esperando turno.

Hice un cálculo optimista: tres minutos por persona. Dos horas de espera.

A ciertas edades el tiempo deja de medirse por el reloj y comienza a medirse por la resistencia de las piernas, la espalda y la vejiga.

Decidí volver otro día.

Los días terminaron convirtiéndose en semanas. Entre sucursales cerradas y trámites suspendidos transcurrieron los meses, hasta que en julio logré finalmente presentar mi reclamación.

Entregué las copias.

Me las devolvieron.

Lo único de lo que no recibí copia fue del documento más importante: mi propio reporte.

La cajera, con una sinceridad que agradecí, me explicó que la empleada telefónica me había orientado equivocadamente. En esa sucursal únicamente atendían reclamaciones relacionadas con cajeros del propio Banco del Bienestar. Aun así, aceptó registrar mi caso y me sugirió acudir al banco propietario del cajero o presentar una reclamación ante la CONDUSEF.

Le pregunté qué haría si me solicitaban copia del reporte.

—Con el número de folio basta —respondió.

Comprendí entonces que la burocracia posee un extraño talento: el documento indispensable suele ser precisamente el único que el ciudadano no conserva.

También me informó que la respuesta podría tardar entre uno y tres meses.

Sigo esperando.

Con el paso del tiempo comprendí que los novecientos pesos eran apenas una parte del problema. El verdadero extravío no había sido el dinero, sino la responsabilidad. El cajero pertenecía al banco, pero el banco no respondía por el cajero; el banco donde recibo mi pensión podía levantar un reporte, pero no resolver el problema; cada oficina me remitía a otra con la puntualidad de un reloj y la eficacia de un laberinto.

Desde entonces no he vuelto a utilizar ese cajero. Cada uno es libre de elegir dónde retirar su dinero; yo prefiero no volver a confiar en una máquina que, al menos una vez, decidió quedarse con el mío.

Mi dinero desapareció una sola vez. Mi reclamación, en cambio, ha desaparecido varias veces, y siempre en una oficina distinta.

jueves, 11 de junio de 2026

El problema magisterial y las fuerzas que se benefician del conflicto

 


 


Como expresión de la lucha social por mejorar las condiciones de vida de los trabajadores de la educación, el movimiento magisterial posee una justificación histórica y una legitimidad que nadie que comprenda las necesidades del pueblo puede negar. La defensa de una pensión y salario digno, de mejores condiciones laborales y de una educación pública fortalecida forma parte de las grandes causas sociales de México.

Pero todo movimiento debe ser analizado no solamente por sus demandas, sino también por las fuerzas que pueden aprovecharlo para fines ajenos a los intereses de quienes lo integran. El conflicto magisterial, sin proponérselo, puede terminar favoreciendo a sectores económicos y políticos que buscan debilitar al Estado mexicano, como EUA,  para recuperar privilegios perdidos.

Existe una contradicción evidente: una de las razones por las cuales el Estado enfrenta dificultades para atender plenamente las demandas sociales es la insuficiencia de recursos públicos. Y esos recursos no desaparecieron por falta de riqueza en México; desaparecieron porque durante décadas amplios sectores económicos han obtenido enormes beneficios sin aportar proporcionalmente al sostenimiento de la nación. Como el condonar impuestos por gobiernos anteriores.

Las grandes empresas mineras, inmobiliarias, de comunicaciones y otros grupos con enorme capacidad económica han acumulado fortunas mientras la carga fiscal ha recaído principalmente sobre trabajadores y pequeños contribuyentes. En esa desigual distribución de la riqueza se encuentra una de las causas profundas de muchos conflictos sociales.

Resulta entonces paradójico que un movimiento nacido para defender los derechos de los trabajadores termine debilitando a un gobierno que intenta recuperar recursos que podrían destinarse precisamente a resolver esas demandas. La lucha magisterial no debería limitarse a reclamar al Estado; debería exigir también que quienes han acumulado riqueza en México cumplan con su obligación social y fiscal.

El verdadero adversario de los trabajadores no es solamente la insuficiencia presupuestaria; es un sistema donde la riqueza producida por millones de mexicanos termina concentrada en pocas manos. La nación genera riqueza, pero quienes la producen rara vez reciben una parte justa de ella.

El sindicalismo, cuando abandona la defensa auténtica de los trabajadores y se convierte en instrumento de intereses económicos o políticos, traiciona su razón de ser. La tarea histórica del movimiento obrero y magisterial debe ser luchar por una sociedad donde el trabajo, el conocimiento y la producción nacional estén al servicio del bienestar colectivo, no de la acumulación ilimitada de unos cuantos.