Don Andrés decía —mientras miraba de reojo al alcalde Felipe— que cuando en el pueblo comenzaban a hablar demasiado de hospitales, era porque ya nadie quería hablar de pan.
La salud de la población, créame usted, no mejora levantando edificios con olor a desinfectante nuevo ni colgando placas inaugurales con nombres sonoros. Los hospitales son necesarios, sí, como lo es el paraguas cuando llueve. Pero nadie en su sano juicio desea que llueva todos los días para justificar la compra del paraguas.
Felipe, que siempre tenía un plan quinquenal en la manga, propondría construir uno más grande, con mármol en la entrada y discursos en la puerta. Don Andrés, apoyado en su sotana, le respondería que sería más barato —y más cristiano— asegurarse de que la gente tuviera qué comer, dónde dormir y un techo que no goteara sobre la cuna del niño.
Porque la salud comienza en cosas pequeñas y silenciosas: en la tranquilidad de saber que mañana habrá pan; en el agua limpia que sale del grifo sin traer sorpresas microscópicas; en los alimentos que saben a alimento y no a laboratorio. Un hombre que no teme por el alquiler ni por el plato del día siguiente respira distinto. Y cuando uno respira distinto, hasta el médico cobra menos importancia.
No se necesita una farmacia llena si no se llega a la enfermedad. Y muchas enfermedades llegan cuando la inquietud se instala en la mesa como un comensal más. El alma desvelada termina pasándole la factura al cuerpo.
Imagínese usted que, tras un accidente, el herido entre al hospital y salga no sólo con cicatrices sino con una deuda que le dure más que la convalecencia. Eso no es medicina: es contabilidad con vendas. Y el dolor, cuando viene acompañado de números rojos, tarda más en cerrar.
La tranquilidad es una medicina que no se anuncia en la radio ni trae folleto plegable. Sin embargo, permite enfrentar los problemas sin que el cerebro esté ocupado exclusivamente en la supervivencia. Un hombre sereno piensa mejor, trabaja mejor y, cosa curiosa, se enferma menos.
Pero vivimos tiempos curiosos. Se habla sin cesar de “salud pública” mientras se tolera que el aire irrite, que el agua arrastre impurezas y que los alimentos acumulen sustancias que nadie sabe pronunciar. Nos tranquilizan diciendo que todo está bajo control, como si la palabra “control” tuviera propiedades curativas.
Y luego está el cepillo de dientes. Cada año aparece uno nuevo, con más colores, más cerdas y más promesas que un candidato en campaña. Lo mismo ocurre con la pasta dental, que promete blancuras casi teológicas. Sin embargo, el dentista no pierde clientela. Felipe diría que es progreso; Don Andrés murmura que quizá el progreso muerde más fuerte de lo que limpia.
La construcción de hospitales se parece un poco a eso. Grandes anuncios, contratos generosos, proveedores satisfechos. Todos ganan algo… salvo la enfermedad, que no parece ofenderse demasiado y continúa visitando las casas donde faltan agua potable, alimentos sanos y descanso.
Al final, si uno se preguntara desde la profundidad de la conciencia —como hacía Don Andrés cuando dudaba— probablemente escucharía una respuesta sencilla: antes de curar, procura que el hombre no se rompa. Y para que no se rompa, dale paz, pan y dignidad.
Lo demás, aunque tenga paredes blancas y máquinas relucientes, es apenas un remedio tardío.
No hay comentarios:
Publicar un comentario