martes, 10 de febrero de 2026

La suciedad.

 

 


 


La noción contemporánea de limpieza y asepsia es, en términos históricos, relativamente reciente. Antes de los trabajos de Louis Pasteur y del establecimiento de la teoría germinal de la enfermedad en el siglo XIX, la mayoría de las sociedades humanas convivían con la suciedad sin el rechazo visceral que hoy se considera casi instintivo. La presencia de animales, residuos orgánicos y microorganismos formaba parte del entorno cotidiano, sin que ello se percibiera necesariamente como una amenaza constante para la salud.

Durante buena parte del siglo XX —y aún en comunidades rurales recientes— la convivencia estrecha entre humanos, animales domésticos y fauna silvestre era común. No resultaba excepcional observar prácticas que hoy provocarían alarma sanitaria: animales alimentándose de desechos humanos, personas consumiendo posteriormente esos mismos animales, o el contacto directo y repetido con suelos, excretas y fluidos biológicos. Sin embargo, estas condiciones no se traducían de manera automática en enfermedades generalizadas, lo que sugiere la existencia de mecanismos adaptativos más complejos de lo que suele asumirse.

Desde una perspectiva biológica, este fenómeno encuentra explicación en la interacción temprana y constante con microorganismos ambientales. Hoy se reconoce que el cuerpo humano no es un sistema estéril, sino un ecosistema complejo donde la microbiota —especialmente la intestinal— desempeña un papel fundamental en la digestión, la regulación inmunológica y la protección frente a patógenos. La exposición controlada a bacterias y antígenos durante la infancia parece ser un factor clave en el desarrollo de un sistema inmunitario funcional.

Este principio fue intuitivamente comprendido por algunos médicos de generaciones anteriores, antes de la consolidación de la medicina altamente protocolizada. Un relato familiar ilustra esta visión: ante un niño que enfermaba con frecuencia, el médico identificó como posible causa un exceso de esterilización en su entorno. Al limitar de manera extrema el contacto con la suciedad y los microorganismos, el aparato digestivo del infante no desarrollaba una flora intestinal adecuada. La recomendación fue simple pero reveladora: permitir que el niño se ensuciara, gateara, explorara su entorno y se llevara los dedos a la boca. Según el testimonio, el resultado fue una mejora notable en su salud general.

Este enfoque empírico anticipa lo que décadas después se formularía como la hipótesis de la higiene, la cual plantea que la reducción excesiva de la exposición microbiana, especialmente en la infancia, puede estar asociada con el aumento de enfermedades autoinmunes, alergias y trastornos inflamatorios. Paradójicamente, el afán por eliminar todo rastro de suciedad podría estar debilitando los mecanismos naturales de defensa del organismo.

En paralelo, el desarrollo del complejo médico-industrial ha transformado profundamente la práctica de la medicina. A medida que la industria farmacéutica se consolidó como un actor económico central, el enfoque sanitario se desplazó progresivamente hacia la medicalización permanente. En muchos países, el gasto en salud ha superado al destinado a educación, acompañado de un aumento sostenido en el consumo de fármacos, vacunas y tratamientos preventivos, no siempre respaldados por beneficios proporcionales en la salud poblacional.

Desde esta perspectiva crítica, puede argumentarse que la promoción intensiva de la higiene extrema ha sido socialmente eficaz, pero biológicamente ambigua. Si bien ha reducido ciertas enfermedades infecciosas, también ha contribuido a la fragilización del sistema inmunológico y a la expansión de mercados terapéuticos. La creciente dependencia de intervenciones médicas abre la puerta a políticas públicas orientadas más al consumo hospitalario que a la prevención estructural de la enfermedad.

En conclusión, la limpieza, entendida como valor absoluto, merece ser revisada con mayor rigor histórico y biológico. Entre la insalubridad y la esterilidad existe un equilibrio que la medicina contemporánea apenas comienza a redescubrir. Reconocer el papel formativo de la suciedad —en su justa medida— podría ser una de las claves para comprender por qué una sociedad obsesionada con la higiene parece, paradójicamente, cada vez más enferma.

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