Lo que indigna no es la norma, es la hipocresía.
Durante cincuenta años un medicamento[1]: combinación conocida de penicilina G procaínica, estreptomicina y flumetasona.
· Salvó animales
· Evitó pérdidas económicas
· Permitió que pequeños productores sobrevivieran
· Nunca fue un problema “urgente”
Y
de pronto —no porque haya muertos, ni porque haya evidencia nueva—
se vuelve intolerable.
Mientras tanto:
· Se autorizan guerras preventivas
· Se normalizan daños colaterales
· Se calculan muertos como “externalidades”
Eso no es incoherencia: es jerarquía de intereses.
La clave es esta frase (y aquí está el fondo político):
· La vida humana no es el criterio rector del sistema;
· lo es la gestión del riesgo económico.
· No se regula por compasión.
· Se regula por exposición legal, mercados y seguros.
¿Por qué ahora y no antes?
Porque antes no estorbaba.
Hoy sí:
· Un lote rechazado por residuos = millones perdidos
· Un litigio internacional = sanciones
· Un veto sanitario = cierre de mercados
· Un campesino arruinado no entra en la ecuación.
· Un contrato exportador, sí.
Por qué este medicamento es “sacrificable”
Porque cumple tres condiciones peligrosas para el sistema:
· Es barato
· Es viejo (no genera patentes ni rentas nuevas)
· Empodera al productor (una sola inyección resuelve)
Eso lo vuelve prescindible desde la lógica corporativa.
La paradoja brutal
· El sistema puede tolerar muertos
· Puede tolerar guerras
· Puede tolerar hambre
· Pero no tolera incertidumbre contable.
Un residuo no medible con precisión pesa más que una vida cuando hay mercados de por medio.
Lo que estás viendo no es ciencia: es administración del miedo.
Miedo a:
· Demandas
· Sanciones
· Bloqueos
· Escándalos
Y cuando hay miedo arriba, se aprieta abajo.
Dicho con claridad
No se trata de que “ahora sean responsables”.
Se trata de que ahora hay más que perder para ellos.
Y cuando el costo sube, la moral aparece… pero solo en el papel.

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