martes, 13 de enero de 2026

Medicinas y el mercado.

 

 


 

Lo que indigna no es la norma, es la hipocresía.

Durante cincuenta años un  medicamento[1]: combinación conocida de penicilina G procaínica, estreptomicina y flumetasona.

·        Salvó animales

·        Evitó pérdidas económicas

·        Permitió que pequeños productores sobrevivieran

·        Nunca fue un problema “urgente”

Y de pronto —no porque haya muertos, ni porque haya evidencia nueva—
se vuelve intolerable.

Mientras tanto:

·        Se autorizan guerras preventivas

·        Se normalizan daños colaterales

·        Se calculan muertos como “externalidades”

Eso no es incoherencia: es jerarquía de intereses.


La clave es esta frase (y aquí está el fondo político):

·        La vida humana no es el criterio rector del sistema;

·        lo es la gestión del riesgo económico.

·        No se regula por compasión.

·        Se regula por exposición legal, mercados y seguros.


¿Por qué ahora y no antes?

Porque antes no estorbaba.

Hoy sí:

·        Un lote rechazado por residuos = millones perdidos

·        Un litigio internacional = sanciones

·        Un veto sanitario = cierre de mercados

·        Un campesino arruinado no entra en la ecuación.

·        Un contrato exportador, sí.


Por qué este medicamento es “sacrificable”

Porque cumple tres condiciones peligrosas para el sistema:

·        Es barato

·        Es viejo (no genera patentes ni rentas nuevas)

·        Empodera al productor (una sola inyección resuelve)

Eso lo vuelve prescindible desde la lógica corporativa.


La paradoja brutal

·        El sistema puede tolerar muertos

·        Puede tolerar guerras

·        Puede tolerar hambre

·        Pero no tolera incertidumbre contable.

Un residuo no medible con precisión pesa más que una vida cuando hay mercados de por medio.


Lo que estás viendo no es ciencia: es administración del miedo.

 Miedo a:

·        Demandas

·        Sanciones

·        Bloqueos

·        Escándalos

Y cuando hay miedo arriba,   se aprieta abajo.


Dicho con claridad

No se trata de que “ahora sean responsables”.

Se trata de que ahora hay más que perder para ellos.

Y cuando el costo sube, la moral aparece… pero solo en el papel.



[1] Casi todos los laboratorios tenían su versión)

lunes, 5 de enero de 2026

El desorden del mundo.

 

No fue un bombardeo sobre Venezuela
ni el secuestro de un presidente
lo que hizo Trump.

Fue algo más profundo y peligroso:
inauguró —con estruendo—
un nuevo orden mundial
que en realidad es un viejo desorden
armado hasta los dientes.

Un mundo donde la ley no se escribe con palabras
sino con drones.
Donde los países con poder militar
toman lo que desean
y los que no lo tienen
aprenden a obedecer o a desaparecer.
Sin jueces.
Sin defensores.
Sin testigos que importen.

Después del genocidio de Gaza, transmitido en tiempo real,
y ahora tras una invasión sin contemplaciones
a un país independiente,
la ONU dejó de fingir.
Mostró, por fin, su inutilidad estructural:
una institución incapaz de proteger a los débiles
de los poderosos.

No somos nada,
o eso quieren que creamos.

A muchos todavía les gusta pensar
que Estados Unidos es una democracia.
Que el pueblo gobierna.
Que la ley es igual para todos.
Pero Trump desmintió el mito.

Un hombre condenado por fraude civil,
hallado responsable de abuso sexual,
sentenciado por delitos financieros;
un hombre procesado penalmente,
acusado de falsificar registros,
de retener documentos de seguridad nacional,
de intentar revertir elecciones legítimas;
un hombre con causas abiertas
y sentencias dictadas
llegó —y volvió—
a la presidencia del país
que se proclama faro moral del planeta.

No llegó solo.
Lo pusieron ahí.

La élite lo necesitaba.
No como estadista,
sino como herramienta.
Como martillo.
Para golpear sin pedir permiso,
para decir en voz alta
lo que otros preferían hacer en silencio.

Las redes se ríen.
El señor del cabello color zanahoria
se vuelve caricatura.
El crimen se disfraza de comedia.

Reírse parece inofensivo,
pero la historia avisa:
primero la burla,
luego la costumbre,
después los cadáveres.

Cuando el matón se vuelve gracioso,
la violencia se normaliza.
Y lo peor está por venir:
habrá víctimas futuras
que defenderán al verdugo,
que aplaudirán al agresor,
que se pondrán del lado del poder
porque alguien les enseñó
que obedecer también da pertenencia.

Así seguirá esto,
hasta el fin de las cosas
o hasta que alguien —por fin—
deje de reír
y empiece a recordar.

miércoles, 24 de diciembre de 2025

Mensaje de fin de año 2025

 


Han transcurrido ya muchos años —tantos que el tiempo ha aprendido a caminar conmigo— desde que me fue concedido vivir las fiestas de diciembre. No fue, sin embargo, una tradición temprana en mi hogar. Aquella costumbre nació una noche precisa, en 1962, una noche que aún conservo como se guarda una lámpara encendida en la memoria. Fue alegre, fue viva, y sin embargo ignoro la razón de su origen. Jamás la sabré. Los que la conocían han partido, llevándose consigo esa respuesta, como se llevan los muertos los secretos que ya no hacen ruido.

Lo cierto es que mi padre llegó aquella noche con regalos. Entre ellos había uno singular, casi prodigioso: algo llamado Mecano. Era una caja colmada de piezas metálicas, frías al tacto y ardientes en promesas. Con ellas se podían levantar mundos diminutos: puentes, máquinas, sueños articulados. Un catálogo acompañaba aquellas piezas, como un libro sagrado que mostraba todo lo que el ingenio podía erigir cuando la voluntad era libre.

Recuerdo la casa poblada no sólo por mis hermanos, sino también por amigos de la colonia; recuerdo a mi cuñado Eduardo, a mi amigo eterno Héctor. Recuerdo, sobre todo, un gesto inusual y generoso: mis padres abandonaron la casa y nos dejaron a solas con la noche, permitiéndonos jugar hasta que el cansancio venciera al tiempo. Aquella libertad fue un regalo mayor que cualquier objeto.

Formamos equipos y, turno a turno, competíamos por reproducir las figuras del catálogo. Fue una batalla sin rencor, una guerra de risas, una contienda donde todos ganábamos. La emoción que sentí entonces fue tan pura, tan honda, que aún hoy la nombro sin desgaste. Aquella noche fue inolvidable. Y pienso —sin ironía— que si todas las Navidades del mundo fueran así, nadie dudaría de que este día pertenece al territorio de lo mágico.

Este año, sin embargo, no puedo decir que haya sido un gran año. Lo que contemplo a mi alrededor es grave, es doloroso. Y no hablo de los pequeños pecados de mi pueblo, ni siquiera de los de mi estado o mi país. Hablo de una tensión extendida por todo el planeta, de una violencia que parece haberse normalizado. Resulta asombrosa la estupidez humana. Se nos llama la especie más inteligente… según dicen. No. No lo creo del todo.

Quiero pensar que es pasajero. Quiero creer que el rumbo será corregido, que sobreviviremos lo suficiente para volver la vista atrás, derramar al menos una lágrima sincera y continuar el camino con una sonrisa humilde, imaginando —aunque no haya sido así— que todo este sufrimiento sirvió para algo mejor. No puedo celebrar ignorando el dolor de quienes hoy cargan con la tragedia como si fuera una costumbre.

Mis mejores deseos para todos. Que tengan una vida amable. Que nunca conozcan, en carne propia, aquello que hoy padecen quienes viven en lugares donde morir violentamente se ha vuelto lo habitual.
Gracias por ser mis amigos

Edgar P. Miller. 

sábado, 29 de noviembre de 2025

Sobre extinciones.

 

 
 

Litografía de Gustave Dore.

 

Mi negocio cumplirá en abril 69 años. Durante ese tiempo hemos vendido productos para el control de roedores. Los ratones y las ratas son roedores que  entra en la clase de animales considerados plaga. Curiosamente, estos animales tan perseguidos y liquidados nunca han estado en peligro de extinción. Debe haber una buena razón, pensando mal tal vez sea económica, es un buen negocio vender productos para su control.

Por cierto, los productos para el control de los roedores es lo que más se vende en mi negocio, pero también es interesante ver que la mayoría de esos clientes son los más difíciles de tratar, venderles y dejarlos satisfechos; sus requerimientos entran en la clase del pensamiento mágico.

Un creador de bovinos quisiera que su hato se reprodujera y criara con la facilidad que les resulta a los ratones y ratas. No requieren alimentación especial, ni medicamentos ni mucho menos cuidados especiales y siempre hay muchos.

Y existen clientes que quieren un veneno que mate a los roedores y no se apesten. Tal vez los quieren conservar de recuerdo.

Otros quieren uno que los extermine.

Otros que no sea veneno, pero que las maté rápido porque ya no las soportan.

Otros que llegan diciendo que ya usaron de todos y no le dieron resultado. ¿?

Otros que le recomiende uno, cuando lo mira dice que ese no porque ya se los dio y no las acabó.

Y así se puede hacer una novela de misterio. Con lo dicho descubre uno que existen animales fabulosos, imposible de extinguir a pesar de que existen premios nobel dedicados a este fin. Supongo que en la UNAM habrá costosísimos investigadores intentando resolver este misterio.