viernes, 16 de junio de 2023

Huacalapa.

 


 

Cuando regresé de los Estados Unidos en 1965; donde estuve tres años, ingresé a la Secundaria Diurna número 1; ahora Raymundo Abarca Alarcón. Entre las materias que se impartían hubo una, de la que hablaré ahora por ser parte del comentario, que correspondía a la de Educación físicas: excursionismo.  El instructor era un personaje que durante buen tiempo fue mi amigo Mario Peralta, al parecer murió víctima del Covid-19 o de la iatrogénesis[1] médica.

No puedo negar que llegué a excursionismo por la moda en aquel momento y por la influencia de los amigos de entonces que me empujaron a anotarme con Mario; y que bueno, porque precisamente de esa experiencia sensacional escribiré.

Resulta que se organizó una excursión a Huacalapa[2] para visitar una gruta que existe allá con el mismo nombre. Son aproximadamente 25.6 k calculados por el camino que existe ahora a ese lugar. Hubo buen cuórum para asistir, recuerdo que fue la única que se hizo en el curso.

Tal vez se efectuó entre septiembre y octubre; serían tres días con dos noches como aquellos famosos viajes TDP de los setenta. Así pues, que el día indicado en la madrugada ahí estábamos en el punto de reunión los que iríamos. Va a parecer chiste, pero no recuerdo el lugar de reunión. La memoria tiene sus misterios, recordamos cosas que otros ni de chiste recuerdan y olvidamos algunas que para otros son esenciales. Tal vez la escuela, la plaza central o la Alameda, puntos de reunión acostumbrados entonces.

Entre los que asistieron, estaban Tomás Adame y su sobrino Arturo, Mario, yo y otros cuyos nombres he olvidado, pero no de sus acciones interesantes.

Como buenos excursionistas todos llevábamos comida, agua y cobija. Tal vez fue lo sugerido por Mario. Yo no sé para que, pero incluso pedí dinero a mis padres y los puse en mi secreta. Mario ya nos había enjaretado un cinturón militar[3] con cantimplora y botiquín(el botiquín llevaba pastillas de cloro para purificar agua); de esos que en aquellos tiempos todo buen soldado portaba. Esto de enjaretar, era y sigue siendo muy de los profesores de la región, son sus negocitos para completar el gasto dicen. Hacen su luchita pues. Como dato complementario diré que el maestro de carpintería me cambió sin consentimiento mis tablas de cedro por unas de pino, tal vez pensó que no me daría cuenta. Lo bueno que las usó para la mesa de la sierra eléctrica de la escuela.

Pues bien, ya puestísimos todos se inició la caminata, aclaro que la ida se haría caminando; como lo hace cualquier excursionista que se digne llamar así.

Entonces existía un camino ancho desde Chilpancingo hasta Huacalapa, me platicó el señor Iturbe que él lo hizo para bajar el trozo desde ese lugar hasta Chilpancingo, magnífica madera (cedro, oyamel, ayacahuite y pino) que entonces toda se embarcaba; ya beneficiada aquí, para su destino EUA.

La caminata se puede describir como un ascenso de 1000 metros, imagínense ustedes subir una escalera de esa altura. Desde luego está tendida 25k. lo que la hace algo ligera, pero aún así la caminata duró 12 horas. Por un camino de terracería rodeado en la mayor parte por bosques fluviales[4] y de coníferas[5].  Salimos a las 6 de la mañana y llegamos a las seis de la tarde aproximado estos datos. El camino fue toda una tertulia, con bromas y anécdotas.  Arturo era el menor del grupo, le decían el nene en su casa; considero que Tomás hizo mal en mencionarlo, en el grupo íbamos desde los de primero de secundaria hasta el tercero. Poco más allá de medio camino Arturo ya se estaba rajando, así que no se hizo esperar la burla que le hicieron al nene cuando le reclamaba a su tío haberlo llevado, entonces fue mi primer contacto con él, después fuimos amigos porque él se casó con la amiga, casi hermana, de mi esposa. Pues bien, Arturo tuvo que apechugar, no se si eso fue causal de sus adicciones en el futuro o fue esto último por cuestiones lúdicas. El caso que vivió una buena vida y mi estimado amigo ya murió. Como en todas las muertes aquí en mi Chilpancingo, morimos según las masas por causa de nuestros vicios. Hasta las rezanderas.

Recuerdo que en el camino nos encontramos a Pedro Reza originario de Huacalapa y hermano de mi compañera Marinela; no se si de ida o vuelta, pero él era muy bueno para utilizar atajos; así que nos dijo que ya faltaba poco, je, je  cuando todavía caminamos unas seis horas.

Así que entre el cansancio las burlas y bromas sobre chaneques, creo que incluso a uno se le puso ese apodo, la carencia de agua debido a no estar acostumbrados a racionarnos llegamos a Huacalapa ¡Wow!:

  Un paisaje ensoñador, entonces Huacalapa era un pequeño valle rodeado de tupidos bosques, en la planicie del valle tal vez cinco viviendas, una de ellas de la familia de Mario donde entonces vivía su cuñada. Y que fue donde acampamos. Antes de acomodarnos en el lugar permitido dejamos todas las mochilas en el patio junto a un árbol, después de un descanso y con el sol ya tendido por ser tarde sugirió Mario ir de casería. Algunos ya rajados por la caminata desistieron, pero yo y otros acompañamos a Mario. Fue una ligera caminata subiendo un bosque de ocotes en dirección de San Vicente dijo Mario. No se cazó nada y como ya el sol se metía regresamos al campamento.

Cual no sería nuestra sorpresa que en la hora u hora y media que nos fuimos llegó un grupo de amigos o enemigos de Mario, jóvenes mayores que nosotros incluso conocidos algunos por mañosos. Se dieron el gran banquete de su vida con las viandas que llevamos; o sea, nos dejaron sin víveres. Todavía quedaba el resto de ese día, otro completo y el regreso.

Pero la diversión, los paisajes, la aventura hacían que el hambre pasara a segundo término, al fin todos de familias de media clase bien alimentados soportamos eso y más.

Así que inició la oscuridad en un lugar donde la CFE aún no llegaba, pero mi amigo Tulio Estrada hacía todo lo que podía, entonces, para electrificar Guerrero. Nos empezamos a acomodar en una galera de la casa, que nos prestaron para pasar la noche, en Huacalapa hace un frío invernal aun en el otoño, Mario tenía la fama de que no era binario, dicen,  recuerden que en Chilpancingo el chisme quema inocentes, así que ese chisme hacía que ninguno quisiera dormir junto a Mario. Por el otro lado él nos invitaba a dormir juntos; que por sabiduría del excursionismo es como se puede uno mantener tibio. Todos tendidos en el suelo para dormir y también sabiendo que en la madrugada se presentaría el famoso cometa Ikeya Seki[6] ; los excursionistas deben estar al tanto de los fenómenos cósmicos. Por ahí se oyó el grito de uno, amigo desde luego, aunque no recuerdo su nombre, que quería cagar y preguntaba por el escusado, le dijeron que no era hotel, que no había, que se fuera abonar la milpa, así que fue y lo acompañó su amigo inseparable; ya estando en el asunto, el amigo notó un bulto detrás de su cuate y le gritó: -- ¡el chaneque! -- Acto seguido el otro se levanta el pantalón con las consecuencias previstas y corrieron ambos al refugio, al saberlo los demás se volvió un chiste toda la noche.

Entre los que fueron había algunos temerosos a la oscuridad acostumbrados a dormir con luz, la galera parecía boca de lobo entonces, uno de ellos para calmar su miedo la pasó toda la noche gritando: --- ¡el cometa!

No amanecía todavía así que optamos, ya que no se podía dormir, salir al campo abierto en donde prendimos una fogata; alrededor de ella inició la tertulia, las bromas y los chistes, sobre de ella una olla que recuerdo prestó la cuñada y dentro de ella el agua y toronjil. Así pues, sentados mirando el oriente, tomando toronjil y acogidos por el fuego estuvimos esperando el cometa. Después de un agradable y divertido momento inició su salida, sobre las montañas, la cola del cometa Ikeya Seki.

¡Espectacular!, fue la primera vez en mi vida que miré un cometa. Cuando la cola llegaba casi a la mitad de la cúpula del cielo salió la cabeza del cometa, una estrella brillante como sirio; la luz de la aurora también iniciaba su plan de iluminarlo todo.

Mario llamó para hacer revista, bueno no tanto, solo para organizarnos para ir a la gruta; así con el puro té de toronjil, sin endulzar, en la panza.

La gruta queda a escasos dos kilómetros incluyendo el recorrido interior, todos a pesar de la panza vacía íbamos felices, tal vez seríamos unos diez, no recuerdo realmente cuantos, pero alrededor de diez suena bien, un pelotón digamos.

Llegamos a la gruta se inicia con un descenso sobre una cantidad de enormes rocas hasta una gran caverna llena de murciélagos, por lo mismo el suelo lleno de guano y por supuesto su hedor; ahí, antes de que iniciara la oscuridad, se prendieron las lámparas de gasolina y se repartieron entre el grupo luego continuamos, ya saben a esa edad todo es un desmadre y el instructor solo el espantapájaros, así que todo el camino hacia dentro eso fue, que el paso del jabonero, que esto, que aquello al final una pequeña posa cristalina con agua y galerías por todas parte; el suelo, un barro pegajoso con el que se podían hacer bolas y moldear con ella, no se quien dio la idea y como fue permitido por el líder, pero sonaba chingón hacer una guerra en ese amplio lugar apagando las linternas, madres nunca había estado en un lugar tan oscuro, ahora se lo que ven los ciegos me dije, se da el grito de inicio de hostilidades. Yo aún con los ojos bien abiertos queriendo ver el espacio donde me movería, cuando de repente siento un madrazo en el ojo, ya no recuerdo cual; el caso es que con el ojo madreado o sin ello no veía ni madres grité lo que me sucedió y pararon de tirar, prendieron una linterna sorda y después las de gasolina. Pues bien fui el aguafiestas del momento y hay vamos de regreso a la salida, yo con un ojo lleno de lodo no veía con él y el mismo dolor no me permitía abrir el otro, así que ciego salí de la gruta, esto gracias a un amigo, amigo de verdad (pena me da no recordar su nombre) que me llevó siendo mi lazarillo hasta el campamento. Ahí Mario me limpió el ojo, y desde luego fui yo ahora el objeto del choteo y burlas, Mario inicio diciendo tan bonito ojo verde y perderlo en una pendejada. ¡cuídale la mano Edgar! Gritaron por ahí.

No se quien ni como llegó una botella de mezcal al campamento, el caso es que algunos iniciamos a tomarlo, yo recuerdo que con uno de los compañeros caminamos, ya algo tomados, hasta una pequeña loma que se encuentra a la mitad del valle y subimos a ella, ahí nos quedamos dormidos hasta tarde bajo la sombra de un árbol. El mezcal curó el hambre, el cansancio y el malestar del ojo. Curiosamente recuerdo poco de la segunda noche, pero sí recuerdo que la cuñada, cobrándonos algunos pesos, que por suerte algunos traíamos, nos hizo un rico elopozole, sin carne; puro elote y con algunas otras hortalizas tal vez calabaza y ejotes. También nos preparó unas tortillas con una bolsa que tenía de harina Minsa, las que comimos con sal y chile. Tal vez la noche la volvimos a pasar frente a la fogata tomando toronjil.

Temprano al día siguiente salimos rumbo a Chilpancingo, sin orden todos desbalagados, la autoridad de Mario se rompió, no recuerdo porque, pero casi se puede decir que regresamos como pudimos, Vale saber que ya algunos habían hecho el recorrido y básicamente ellos guiaron, sin embargo en el grupo que yo iba uno de ellos nos dijo que por una brecha se cortaba camino y fuimos a parar a un aserradero abandonado sobre una montaña que daba a un acantilado donde se veía cerquita Chilpancingo, pero muy al fondo de un barranco que requería alas para librarlo, así que a caminar de regreso buscando el camino ancho. Lo encontramos y lo seguimos el hambre empezó hacer mella en las tripas, se aguanta sin moverse, pero al caminar se van perdiendo energías y el cuerpo manda sus mensajes de abasto.

Llegamos a una cuadrilla, tal vez Ixtemalco, donde nos sedujo el olor a comida, vimos donde estaba el humo y caminamos hacia allá.  Era una señora que tenía su casa en una pequeña loma, no era una mansión una pequeña choza de bajareque con techo de palma, estaba cocinando frijoles en una olla de barro rojo, sobre el anafre caliente con carbón, entonces en estos lugares hacían carbón, también hacía tortillas en el comal de barro. Le sugerimos, casi babeando del antojo: —que nos vendiera algo de comida, contestó que solo tenía frijoles con tortillas, que si estaba bien pues sí nos lo vendía. Pues que más... a entrarle, nos supo al mejor manjar de la vida. Poco después nos encontramos al señor Iturbe, buen amigo de mi padre que circulaba por el camino en su Jeep guinda rumbo a Chilpancingo, nos dio un aventón. Ya lo decía mi amigo Romeo preferible tener amigos con carro que carro. Aquí acabó nuestro orgullo de excursionista pedestre. Al menos por este día.  Este señor llegó justo en el mejor instante. Platico las anécdotas porque al final de cuenta son las que le dejan a uno los recuerdos de que vivimos entre personas que de una u otra manera se preocupan por uno e igual uno por ellos.  Y sabemos que, aunque no nos frecuentemos cuando nos volvemos a ver se nos aviva el corazón. Espero que, si alguien llega a leerlo y fue conmigo, que me diga nombres de quienes fuimos. El mismo que me ayudó cuando el ojo fue quien regresó conmigo y me ayudo con la mochila, esta persona después tuvo una historia triste, se hizo amigo del hijo del dueño de la concesionaria Ford, un día se fueron de juerga con unas chicas en un auto al parecer rumbo a Zumpango y se accidentaron, murió una chica, iba manejando el hijo del dueño de la concesionaria, pero fue mi amigo quien se  hecho la culpa.

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