lunes, 5 de enero de 2026

El desorden del mundo.

 

No fue un bombardeo sobre Venezuela
ni el secuestro de un presidente
lo que hizo Trump.

Fue algo más profundo y peligroso:
inauguró —con estruendo—
un nuevo orden mundial
que en realidad es un viejo desorden
armado hasta los dientes.

Un mundo donde la ley no se escribe con palabras
sino con drones.
Donde los países con poder militar
toman lo que desean
y los que no lo tienen
aprenden a obedecer o a desaparecer.
Sin jueces.
Sin defensores.
Sin testigos que importen.

Después del genocidio de Gaza, transmitido en tiempo real,
y ahora tras una invasión sin contemplaciones
a un país independiente,
la ONU dejó de fingir.
Mostró, por fin, su inutilidad estructural:
una institución incapaz de proteger a los débiles
de los poderosos.

No somos nada,
o eso quieren que creamos.

A muchos todavía les gusta pensar
que Estados Unidos es una democracia.
Que el pueblo gobierna.
Que la ley es igual para todos.
Pero Trump desmintió el mito.

Un hombre condenado por fraude civil,
hallado responsable de abuso sexual,
sentenciado por delitos financieros;
un hombre procesado penalmente,
acusado de falsificar registros,
de retener documentos de seguridad nacional,
de intentar revertir elecciones legítimas;
un hombre con causas abiertas
y sentencias dictadas
llegó —y volvió—
a la presidencia del país
que se proclama faro moral del planeta.

No llegó solo.
Lo pusieron ahí.

La élite lo necesitaba.
No como estadista,
sino como herramienta.
Como martillo.
Para golpear sin pedir permiso,
para decir en voz alta
lo que otros preferían hacer en silencio.

Las redes se ríen.
El señor del cabello color zanahoria
se vuelve caricatura.
El crimen se disfraza de comedia.

Reírse parece inofensivo,
pero la historia avisa:
primero la burla,
luego la costumbre,
después los cadáveres.

Cuando el matón se vuelve gracioso,
la violencia se normaliza.
Y lo peor está por venir:
habrá víctimas futuras
que defenderán al verdugo,
que aplaudirán al agresor,
que se pondrán del lado del poder
porque alguien les enseñó
que obedecer también da pertenencia.

Así seguirá esto,
hasta el fin de las cosas
o hasta que alguien —por fin—
deje de reír
y empiece a recordar.