A los gobiernos del mundo se les acusa constantemente por sus errores, sus omisiones y su incapacidad para resolver aquello que prometen corregir. Ningún poder está libre de fallas; como dice el viejo refrán, hasta al mejor cazador se le escapa la liebre. Sin embargo, aquello que se condena en los gobiernos suele pasar inadvertido cuando lo cometen las grandes corporaciones, incluso las más ricas y tecnológicamente avanzadas.
Con el paso de los años, las corporaciones comenzaron a confiar más en las máquinas que en las personas. No por eficiencia moral, sino porque una máquina no cobra salario, no protesta y no se enferma. El ser humano fue reducido a una pieza costosa y reemplazable. Ahora, con la llegada de la inteligencia artificial, muchas empresas han entregado funciones esenciales a sistemas automáticos que responden con precisión mecánica, pero sin comprensión ni responsabilidad.
El resultado para millones de usuarios ha sido desastroso.
Basta observar dos ejemplos.
a) Telmex. Resolver un problema de facturación puede tomar meses o incluso años. Reparar una línea telefónica rara vez ocurre antes de una semana. El cliente queda atrapado en un laberinto de voces grabadas, números de reporte y promesas vacías. Mientras tanto, la institución que debería defenderlo, Profeco, parece existir únicamente para administrar la impotencia.
b) AT&T. La empresa acosa a personas que ni siquiera son sus deudores, exigiendo pagos ajenos a usuarios de otras compañías telefónicas. Corregir el error se vuelve casi imposible. El ciudadano debe demostrar una y otra vez su inocencia frente a un sistema diseñado para no escuchar. Y nuevamente, Profeco observa en silencio.
La tecnología prometió liberar al hombre de tareas inútiles. En cambio, muchas corporaciones la utilizan para liberarse de la obligación de atenderlo
Con el paso de los años, las corporaciones comenzaron a confiar más en las máquinas que en las personas. No por eficiencia moral, sino porque una máquina no cobra salario, no protesta y no se enferma. El ser humano fue reducido a una pieza costosa y reemplazable. Ahora, con la llegada de la inteligencia artificial, muchas empresas han entregado funciones esenciales a sistemas automáticos que responden con precisión mecánica, pero sin comprensión ni responsabilidad.
El resultado para millones de usuarios ha sido desastroso.
Basta observar dos ejemplos.
a) Telmex. Resolver un problema de facturación puede tomar meses o incluso años. Reparar una línea telefónica rara vez ocurre antes de una semana. El cliente queda atrapado en un laberinto de voces grabadas, números de reporte y promesas vacías. Mientras tanto, la institución que debería defenderlo, Profeco, parece existir únicamente para administrar la impotencia.
b) AT&T. La empresa acosa a personas que ni siquiera son sus deudores, exigiendo pagos ajenos a usuarios de otras compañías telefónicas. Corregir el error se vuelve casi imposible. El ciudadano debe demostrar una y otra vez su inocencia frente a un sistema diseñado para no escuchar. Y nuevamente, Profeco observa en silencio.
La tecnología prometió liberar al hombre de tareas inútiles. En cambio, muchas corporaciones la utilizan para liberarse de la obligación de atenderlo

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