viernes, 22 de octubre de 2021

De vaqueros.

 

 

 Termino de ajustar el cincho hecho de cuero y crin de caballo con argollas de hierro,  de poner después el freno de fierro sobre los asientos del hocico de la yegua, le acomodo la crin de la frente a la bestia alazán. Pongo el pie izquierdo en el estribo me impulso con el otro y me montó en la silla. Jalo hacia la derecha el freno y golpeo con los talones los ijares para que la yegua inicie su marcha.

Salgo de la casa grande para dirigirme al encierro que se localiza en un bordo del inmenso llano. Enfilo por el camino a galope cruzando el pequeño pueblo; poblado con construcciones de redondos al estilo africano. La gente, la mayoría de origen africano, caminaban a un lado ensimismados en su rutina diaria: mujeres delgadas, con sus jarrones de barro; equilibrados sobre su cabeza, que iban y venían del chorro, un manantial que surtía de agua limpia a la pequeña población del lugar. Otras cargaban palanganas, hechas de cascara de calabaza, repletas de nanches que habían recolectado en las grietas del llano, otras llevaban a cuestas la ropa que lavaron.

Seguí incitando a la yegua para que galopara. Salí del pueblo, desde ahí ya se miraba el bordo. Donde en una casa de adobe, con techumbre de tejas de barro recocido sostenida por vigas de palo de zopilote; con puertas y dinteles de la misma madera, se dividía en tres habitaciones, donde en cada una de ellas vivía un vaquero con su mujer e hijos.

Llego a galope, desensillo, luego me dirijo al encierro; un inmenso coral de palos entrecruzados, donde los vaqueros se encontraban ordeñando. Los becerros apartados en otro corral pequeño de donde se sacaban uno por uno para que identificaba a su madre, se ataba a ella y era después ordeñada por el vaquero.

En la casa, las mujeres colaban la leche cuajada de la ordeña del día anterior, una de ellas la salaba y molía en el metate mientras otra la recogía, llenando un aro circular la apelmazaba dentro de él para darle forma a los quesos frescos que acomodaba envolviéndolos con hojas de plátano, después los venderían en el pueblo.

Un vaquero que ordeñaba gritó a los demás: --llegó el nieto de Don Germán. Voltearon los otros suspendiendo su actividad. Uno de ellos terminó la ordeña de la vaca en turno se dirigió con el balde de leche hacía donde me encontraba, le digo:

--Tienen que escoger los becerros destetados y juntarlos para tenerlos listos en la tarde, vienen por ellos el comprador para llevarlos a engordar a Veracruz.

Tenía escasos diez años, luego de entregar el recado, me iba a la casa del bordo donde me entretenía con los hijos de los vaqueros, las señoras me daban leche en una jícara donde le poníamos tortillas cortadas en pequeños trozos. Luego con el mayor de los hijos nos íbamos al encierro a jugar con los becerros.

Después de la ordeña acompañaba a los vaqueros en la búsqueda de los becerros destetados para arriarlos al corral, también a las vacas recién paridas para herrar a los becerros recién nacidos. Nos movíamos a caballo hasta un lugar en el paso de Soto.

Ahí era uno encierro que se tenía que desyerbar a machete, todos nos bajábamos de las cabalgadura, les quitábamos el freno para que pudieran pastorear. Luego sacábamos nuestros machetes, nos poníamos a chapodar, antes cortaba una rama en forma de gancho, de algún arbusto, que servía para jalar la hierba y darle el tajo con el machete. Yo sólo me hacía pendejo, ya que el machete que me daba mi abuelo no cortaba ni madres. O yo no sabía como hacerle.


Terminando la chapodada; o ya entrada el hambre, acomodados bajo de una gigantesca parota comíamos cada quien lo que llevaba para el caso. Yo llevaba lo que mi abuelo le preparaban para mi en la fonda: tacos de chirmole de puerco, picoso; que los cambiaba por los tacos de queso fresco que llevaban los vaqueros, ellos preferían los de puerco. La comida acompañada con agua del manantial que llevamos en el bule.

Terminando de comer, los vaqueros se preparaban pequeños cigarros con hojas de tabaco, que para el caso llevaban, en ocasiones me convidaban. Eran pequeños puros de tabaco natural orgánico. Eso no lo sabían, ya que entonces todo era así.

Después de un rato nos metíamos al río a bañarnos. En ocasiones cruzábamos el río a caballo para ir por plátanos; en una plantación que estaba del otro lado, ahí me enseñaron hacer con una hoja de plátano doblada un instrumento musical al que se le soplaba y sonaba como trompetilla para hacer música. Esa vez me regresé haciendo música desde el río hasta el pueblo. Me callaban los vaqueros, pero no les hacía caso, yo era el patrón.

Pero no eran unas dulces palomas que se sometían a la jerarquía, en el camino un día nos encontramos una vaca parida; así que había que lazar al becerro. Como yo ese día llegué presumiendo que me habían comprado mi reata de lazar, me dieron la encomienda de lazar el becerro. Desde el caballo así lo hice, cuando el becerro sintió el lazo se dio el jalón y me quemó la mano con la reata. Los vaqueros ya mero se orinaban de la risa mientras yo me sobaba la mano quemada.

Ya de regreso al bordo, cabalgábamos a una de las pequeñas cañadas donde se formaba una poza, ahí fue el primer lugar donde vi camarones vivos. Íbamos para darle un buen baño a los caballos, a ellos les encantaba que los mojáramos y restregáramos con zacate, yo disfrutaba darme chapuzones en el agua tibia de la poza.


Para mi eran días maravillosos, cuando montaba la yegua me sentía el Llanero Solitario, son parte de los recuerdos que me mantienen con ánimo en la vida.




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