martes, 2 de enero de 2018

La flama.





Foto de Edgar P. Miller

Las cosas no mejoran, la crisis del país se dispara y no se mira de ninguna manera la posible solución a los problemas de la comunidad. La noche es fría, ya es noviembre, el ambiente está muy húmedo, una intensa lluvia fuera de temporal se precipitó en la madrugada. Salí poco abrigado rumbo al sitio de la reunión; una de cientos que se han efectuado para encontrar fórmulas que amortigüen las cosas, caminé sobre el asfalto húmedo de la calle, las banquetas poco pueden utilizarse ahora porque ya varias personas las han ocupado para vivir. Antes sólo las habilitaban para puestos semifijos de venta de cosas. Ahora debido a la miseria de la población y la displicencia de los gobiernos, los más amolados se adueñaron de las banquetas y plazas para habitar en ellas.

Seguí mi camino, deprimente todo lo que me rodeaba, ahí en un rincón amamantaba una madre a su niña que apenas estaba semicubierta con una bolsa de nylon. Ella usaba una playera del América como rebozo, al fondo de la calle en el sentido opuesto al que camino se escuchaba música de Juanga. Un grupo de comerciantes prendieron una fogata con envases de pet. El clima cada año es más extremoso.

Seguí andando, la visión a mi alrededor hizo que lo hiciera con mayor rapidez, ya no deseaba mirar, el estómago se me encogía. Yo también perdí todo lo que tenía, a mi hija la secuestraron y a pesar de que pagué casi toda mi fortuna no la regresaron, aún no la encuentran, le debo al banco el dinero que pedí prestado para que a la otra niña la atendieran en un centro psiquiátrico de una depresión producto de ser violada. Son las seis y media y sigo caminando. Me encuentro a sólo unas cuadras de la cita.

Se oyen algunos disparos de arma de alto calibre, salen corriendo tres jóvenes rumbo a la plaza, para allá voy, ahora temo seguir, sale una camioneta con enmascarados siguiéndoles, en eso se para uno de los que viven en las banquetas, le disparan a la cabeza uno de los enmascarados, yo quedo congelado de terror al mirar el cráneo destrozado en el suelo con los sesos regados, no se que hacer, los de la camioneta voltean y me ven a media calle, mis pies no me responden, me apuntan veo rojo, huelo a sangre, después todo oscuro luego nada.

Pasa un largo tiempo y despierto bajo la basura de un contenedor, al parecer dormía y soñaba, un toalla sanitaria es mi almohada la queresa de una mosca se meten en mi oído sacudo la cabeza para que se salga, vuelan las moscas adormiladas por el frío, así terminó mi vida productiva, vivo ahora en la calle, en la basura se duerme más tibio. Alguien vomita a mi lado y reaccionó, trato de pararme para seguir deambulando por la calle como cientos más que rondamos como zombis, un perro se acerca y me orina, lo cojo de las patas traseras y lo sorrajo contra el cemento de un poste, lo guardo en mi costal, comida para la semana, mi sueño fue un estímulo, una premonición de mi vida. Me queda la esperanza de encontrar quien me mate. A mi ya no me queda ánimo ni para el suicidio.

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