jueves, 23 de mayo de 2013

Sobre sobrenombres.

Pintura Purgatory de Dale Grimshaw

Cuando nacemos nos ponen un nombre. Existe, incluso, un registro oficial de él.
Por otro lado aquel nombre deja de ser único debido a que te van llamando según les guste llamarte a quienes se encuentran a tu alrededor, a veces uno mismo prefiere otro ya que el original no suena agradable, o para diferenciarse de otro similar.
Pues bien conmigo no  fue diferente y cuando nací a pesar que me registraron con el de Edgar Pavía Miller, durante mis primeros años me llamaban gordo, dice mi madre que mi padre me decía así porque nací grandote y gordo, en esa época era un orgullo para los padres decir que su hijo estaba gordo, ahora sería preocupante tener uno hijo obeso. Con el tiempo debido al sarampión, las paperas, las lombrices y multitud de males que en mis tiempos eran comunes la gordura desapareció y terminé llamándome, Edgar; simplemente Edgar; Edgar para acá, Edgar para allá, Edgar haz esto, Edgar levántate, Edgar, Edgar, Edgar…
Cuando me iba de vacaciones a Cuajinicuilapa mi abuelo me decía “egar”. Algunos de los lugareños, la mayoría afromexicanos en esa época, me decían “gringo”.
A los doce años me fui a vivir un tiempo a los estados unidos y ahí me quitaron el Miller y sólo me llamaba Edgar Pavía, oficialmente, porque los amigos me decían Edgar.
Regresé a México y volvió a cambiar mi nombre entonces mis cuates me decían “el yanqui”, afortunadamente sólo fueron tres años aunque cuando me rapé en el tercer año de secundaría alguien me puso Taras Bulba, Estaba de moda una película donde salía un cosaco pelón, bueno solamente fue un poco tiempo ya que terminando la secundaria me fui a vivir a la ciudad de México donde volvieron a ponerme  varios nombre: en el departamento donde vivía me llamaban “el mechas” debido a que ahora tenía el pelo a la Beatles, sin embargo en la escuela, a causa de mis constantes participaciones en clase, me pusieron Confucio hubiera querido ser como él, los del futbol me decían “el seco”, porque medía un metro con setenta y ocho centímetros y pesaba cincuenta y cinco quilos. Terminé la carrera siendo “pasante” y trabajé como “burócrata” aunque ahí realmente me decía “programador analista”, por lo diferente en la manera de pensar, algunos de los más allegados me decían marciano.
Durante un tiempo di clases en una escuela comercial y los alumnos me decían “profe”.
Ahora en mi negocio me dicen doctor, doitor, maestro, señor veterinario, algunos otros, ingeniero, los del fútbol “Don Pavías”, y la mayoría de los que me conocen Pavía. Cuando soy grosero, Jorge me dice “prosaico”, y algunos mamón. Por otro lado mi señora me dice viejo y a veces viejito.
Desde la muerte de mí padre yo firmo como Edgar P. Miller y sigo usando mi seudónimo Golgorio cuando lo que escribo es divertido, o quiero que sea divertido, porque a veces resulta todo lo contrario ni modo es un mundo globalista. Como ven esto de los nombres es algo curioso. A mí en lo particular no me molesta que me digan como quieran siempre y cuando me reconozcan y lo hagan para comunicarse.



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